Circe (
Κίρκη) era una bella hechicera que habitaba en la mítica isla de Ea, ubicada en los confines del mundo, donde acostumbraba a cantar y tejer en su amplio telar en su palacio de piedra pulida junto a sus sirvientas, las náyades locales. Aunque considerada diosa -pues las fuentes se refieren a ella como potente deidad de habla humana- tiene un estatus intermedio entre otras ninfas y las grandes diosas, tratándose de una diosa menor de cualidades humanas (Larson, 2001, p. 27-28). Su parentesco, no obstante, también es divino, pues es hija de Helios y de la ninfa oceánide Perseis, aunque según Diodoro de Sicilia (
Biblioteca histórica, IV, 45, 1) descendería de la diosa Hécate, diosa tradicionalmente asociada a la magia, los fantasmas y la muerte. Circe es, a su vez, hermana del rey de la Cólquide Eetes, y de Pasífae, esposa de Minos.
Mujer que dominaba las artes de la magia y conocedora de toda clase de hierbas y pócimas, las fuentes clásicas se refieren a ella como la
polypharmakos (“rica en venenos”). Esta es su faceta más famosa, pues solía transformar en animales a todo aquél que irrumpiera en su remota isla, como les sucedió a los compañeros de Odiseo, y de hecho, junto a ella también vivían sus víctimas metamorfoseadas. En otras ocasiones, sus encantamientos tenían otros fines, como la purificación de Medea y Jasón por la muerte de Apsirto, hermano de la primera. No obstante, a menudo encarna ese papel de hechicera celosa y vengativa que tanta influencia tendrá en el arte posterior a la Antigüedad, pues así se comporta al ser rechazada por su amado, como se demuestra en el mito de Pico y en el de Escila y Glauco.
Si bien los primeros testimonios griegos que nos hablan del personaje de Circe, como Homero en la
Odisea o Apolonio de Rodas en las
Argonáuticas, sitúan su morada (y por tanto la isla de Ea) en Oriente (Canciani, 1992, p. 49), existió otra tradición que vinculaba fuertemente a la diosa con Occidente, y más en concreto con la zona de Italia y el Monte Circeo. Aunque contamos con pocos datos y no del todo fiables sobre la presencia e influencia de Circe antes del siglo VI a.C. en Italia, sabemos que existieron frecuentes contactos con los griegos desde el siglo VIII a.C. que han hecho pensar a los investigadores que el mito de Circe -configurado en Oriente- pudo haber pasado a Occidente, donde vincularon a la diosa con los mitos itálicos (por ejemplo, haciéndola esposa del rey Pico) (Canciani, 1992, p. 50). El testimonio más antiguo de ello nos lo da el propio Hesíodo, quien relata que Circe era madre de Agrio y de Latino, que reinaban sobre los tirrenos (
Teogonía, 1011-1013). Asimismo, varios personajes fundadores de ciudades itálicas fueron considerados hijos suyos con Odiseo: Telégono habría sido el fundador de
Tusculum según Dioniso de Halicarnaso (
Antigüedades romanas, IV, 45); según otros autores, habría tenido con Odiseo a Latino –epónimo de los latinos-, así como a Romo, Antias y Árdeas –epónimos de las ciudades de Roma, Antio y Ardea-, según relatan Xenágoras (
FGrH, 240 F 29) o Esteban de Bizancio (
Ethnika, s.v.
Ἄντεια). De hecho, probablemente Circe en Italia fuera asimilada con una divinidad itálica como Angitia (Canciani, 1992, p. 50).
En definitiva, en Italia Circe fue adorada como una auténtica diosa, y se sabe que existió al menos un templo dedicado a ella en el Monte Circeo (Cicerón,
Sobre la naturaleza de los dioses, III, 48), donde se halló parte de una escultura femenina que ha sido identificada con la diosa con bastante probabilidad y hubiera podido estar asociada a su culto. Fechada en la primera mitad del siglo I a.C y realizada en mármol griego blanco, se encuentra parcialmente fragmentada, dañada en la zona de la nariz, la barbilla y el cabello en el lado izquierdo cerca de la nuca. La efigie presenta cierta torsión hacia el lado derecho y posee finos rasgos en una cara ovalada en la que se puede apreciar que tiene la boca semiabierta, indicando cierto movimiento. Posee el cabello dividido en el centro y peinado con ondas que caen a cada lado de la cabeza, que se recogen en un moño sobre la nuca. Se sabe que la cabeza iba tocada con una diadema probablemente metálica de la que sobresalían siete puntas, simulando los rayos solares (
corona radiata), cuyos trazos se conservan pero que se ha perdido, al igual que los pendientes también metálicos que adornaban sus orejas.
La
corona radiata como atributo de Circe no se halla apenas en otras representaciones más que en algunas lucernas romanas que repiten el mismo tipo iconográfico (véase por ejemplo:
http://repositorios.fdi.ucm.es/Mythos/view/cm_view_virtual_object.php?idov=1060&seleccion=1 ), pero en cualquier caso no resulta del todo extraño, dado que es el atributo por excelencia de su padre, Helios, con quien comparte algunas connotaciones solares.
Se ha relacionado a la escultura con el tipo de Afrodita Cnidia de Praxíteles, con la que tiene un notable parecido. De hecho, no está claro que la efigie pertenezca a Circe, y no se descarta que represente a Afrodita, dado que también se atestigua el culto a esta diosa en la zona excavada; no obstante, es posible que se trate de la diosa Circe, dado que son varias las fuentes escritas que se refieren a la pieza como Circe y que la situaban en el Monte Circeo en relación a su propio culto, como por ejemplo Virgilio (
Eneida, VII, 10).