Descripción:
El mito de la caída de Faetón, como emblema de las trágicas consecuencias de la soberbia, ha tenido un amplio desarrollo iconográfico a lo largo de la Historia, no obstante, esta fábula aludió también a la fugacidad de la existencia simbolizada por la juventud del desventurado hijo de Helios; en este sentido, sería también un motivo iconográfico apropiado para la decoración de los sarcófagos cristianos (GALLEGO, A. 1961: 25).
Este frente de sarcófago conservado en el Museo del Ermitage muestra una versión especialmente detallada y extensa del episodio. El artista ha representado, no sólo el vertiginoso descenso del joven y el duelo de sus allegados, sino también el caos generado por su arrogancia. Centra la escena el desvencijado carro al que aún permanecen uncidos, revolviéndose en pronunciados escorzos, los cuatro caballos del Sol. La figura de Faetón, que cae abatido por el rayo de Zeus, responde a una convención iconográfica que, para indicar que el joven ha perdido ya la vida, lo representa cayendo de cabeza, totalmente inerme. Su cabellera, donde el artista ha realizado un esmerado trabajo a trépano, evoca el fuego y recuerda los versos de Ovidio: “Faetón cae de cabeza mientras las llamas devoran sus rojos cabellos...” (Ovidio, Met. II, 318).
Siguiendo también el texto del poeta latino, Faetón se desploma en el río Erídano, representado como un anciano reclinado sobre un cántaro manante, que extiende su brazo derecho para acoger al joven en su seno; a la izquierda de la personificación del río, unos juncos, como detalle naturalista, sitúan la acción en las riberas del cauce. En torno a esta escena principal, se agolpan una serie de figuras que describen las funestas consecuencias del error de Faetón; por una parte, el caos cósmico provocado por su soberbia y por otra, el duelo y la desolación que suscita su propia muerte. El aparente desorden sugiere el cataclismo que ha provocado la impericia de Faetón conduciendo el carro solar.
Este completo y esmerado relato iconográfico del episodio puede seguirse, también, en la descripción que hace Filóstrato el Viejo (Imagines I, 11) de una antigua pintura griega de Neápolis, en la que el autor se deleita en la recreación del caos descrito por Ovidio. Filóstrato refiere la aparición en el fresco de Nyx, la noche, empujando a Hemera, el día; esta imagen sugiere el retraso en las funciones solares y, por tanto, el frustrado amanecer que provoca la caída del joven hijo del Sol. En el sarcófago del Ermitage, sobre la efigie de Erídano, una joven que se cubre la cabeza con un velo, posiblemente Nyx, parece impulsar a una mujer, con el torso descubierto, que se eleva por encima de la primera y que puede simbolizar a Hemera. Sería ésta una composición muy similar a la descrita por Filóstrato al referirse a la pintura campana. Asimismo, cerca de los desbocados caballos de Helios, el artista ha representado otras dos pequeñas figuras aladas. Éstas pueden personificar a Eos, la Aurora, quien abría las puertas del cielo a Helios cada mañana para que iniciase su periplo celeste, y a Eósforo quien, a su vez, anunciaba la llegada de su madre. Eósforo era hijo de Eos y Astreo, identificado con Héspero, la personificación de la estrella vespertina, y con Fósforo, el Lucifer latino que simbolizaba la estrella matutina, el Lucero del Alba que anunciaba la Aurora. Héspero era también el encargado de uncir los caballos de Helios, junto con las Horas. La presencia de este último está documentada también en el texto de Nonno de Panópolis (Dion. XXXVIII, 333-346) donde, además, es el encargado de advertir al joven Faetón acerca de los peligros de su arrogancia (IGLESIAS-ÁLVAREZ. 1991: 19).
Por debajo de los aterrados corceles de Helios, el artista muestra dos episodios posteriores a la caída del carro solar. En primer lugar, se figura el duelo de las hermanas de Faetón, las Helíades, quienes lloraron su muerte en torno a las riberas del Erídano hasta ser convertidas en álamos y mutadas sus lágrimas en ámbar (Ovidio, Met. II, 329-365). La actitud contemplativa de las dos jóvenes, una de ellas arrodillada y abatida, sugiere el instante inmediatamente anterior a la metamorfosis; el artista evita la representación de formas híbridas y evoca el desenlace de este episodio mediante un tocón situado frente a las jóvenes. A su lado, un anciano se mesa los cabellos y sujeta con su mano derecha un cisne que se abalanza sobre el cuerpo de Faetón; indudablemente, constituye una nueva alusión al texto de Ovidio (Met. II, 366-399) que relata la metamorfosis de Cicno quien, después de llorar toda su vida a Faetón, fue convertido en cisne y no abandonó jamás las aguas, temeroso de volar. En este caso, el artista ha optado por representar una sucesión de imágenes del mito; primero, el anciano Cicno en duelo y, junto a él, el cisne en el que él mismo se convertiría.
En un segundo plano, junto a Cicno, una figura femenina emerge de la tierra, es la madre tierra Gea, citada también en la descripción de Filóstrato y en el relato de Ovidio, donde tiene un importante papel como narradora del cataclismo. El magnífico monólogo de Gea en Las Metamorfosis sirve al poeta para describir el incendio de la tierra y del mar y, además, pone en boca de la diosa el reproche hacia Zeus por permitir tan terrible atropello a los hombres y los dioses. Teniendo en cuenta la trascendencia de este monólogo de Gea (véase al respecto IGLESIAS-ÁLVAREZ. 1991.) es tentador considerar que el artista ha querido significar así, no sólo el caos cósmico mostrado a través de la conjunción del Día y la Noche, la Aurora y el Lucero, sino también el incendio de la Tierra y la airada queja ante Zeus que, según el texto de Ovidio, precipita el fatal desenlace.
De difícil interpretación son los personajes representados a la izquierda del malogrado carro solar. Dos figuras en bajorrelieve, con elaboradas cabelleras trabajadas a trépano, recuerdan la iconografía tradicional de los vientos. Filóstrato (Imag. I, 11) cita también, en la descripción de la pintura campana, a Céfiro, que acompaña a los cisnes en sus lamentos. No obstante, en el episodio representado subyace el propio Zeus que, con uno de sus rayos, es el causante de la caída del carro que conduce Faetón; así pues, la figura barbada de la derecha podría, incluso, representar al Crónida, aunque la escasa relevancia de estos dos personajes en el conjunto de la escena apunta a aspectos secundarios del mito y sus consecuencias, en este caso, al caos cósmico en el que, según la descripción de Filóstrato, participan también los vientos. Por último, dos hombres a caballo, acompañados de otras dos figuras a pie, acuden en auxilio de los desbocados corceles de Helios. Los jóvenes jinetes, tocados con pilos, podrían ser los Dióscuros, cuya presencia se justificaría por sus atribuciones como protectores de los caballos. Finalmente, el desarrollo del propio relato sugiere la presencia de las Horas, encargadas de cuidar y uncir a los animales y mencionadas tanto por Ovidio (Met. II, 115) como por Filóstrato en su descripción de la pintura de Neápolis (Imag. I, 11). No obstante, una de las dos figuras estantes parece masculina, en cuyo caso ambas podrían remitir a los mortales que presencian la caída de Faetón.
Este complejo despliegue iconográfico ilustra la trascendencia de este mito en el siglo II d.C., trascendencia que anuncia su posterior desarrollo iconológico en el ámbito cristiano. Asimismo, destaca en esta pieza del Ermitage el elaborado estudio estético de todas las implicaciones míticas del episodio: desde los aspectos ejemplarizantes que aluden al castigo por la soberbia hasta las terribles consecuencias de la imprudencia de Faetón. La hipotética presencia de los Dióscuros y, sobre todo, de las Horas, encargadas de uncir cada mañana el carro solar, remitiría, por último, a la restauración del inmutable orden cósmico.