Descripción:
La devoción rodia hacia Helios se materializó mediante la dedicación de una efigie broncínea del dios que alcanzó más de treinta metros de altura. Este Coloso, según nos informan las fuentes antiguas, cayó pocos años después de su erección a causa de un terremoto; por este motivo, y por posteriores saqueos (v. infra), no se conservan restos del mismo ni tampoco se conoce con certeza reproducción alguna de esta obra. Los únicos datos fidedignos de los que disponemos sobre este magnífico exvoto rodio hay que buscarlos en las fuentes escritas, clásicas y bizantinas, anteriores a su definitivo desmantelamiento en el año 654 d.C. Las famosas estampas que ilustraron los tratados sobre las Maravillas del Mundo, realizados en la Edad Moderna –como el que mostramos, procedente de una obra de Athanasius Kircher–, adolecen de diversos errores en gran parte debidos a la imaginación de los grabadores.
Plinio (Hist. Nat. XXXIV, 18) narra cómo Demetrio Poliorcetes, en el año 304 a.C., abandonó el sitio de Rodas ante la llegada de una flota enviada por Ptolomeo I en ayuda de los rodios; las máquinas de guerra abandonadas por el monarca macedonio en su huída financiaron la compra del material necesario para forjar tan magna obra; Plinio cita la suma de 300 talentos recaudados mediante la venta de la maquinaria de guerra. El Coloso, continua Plinio, fue realizado por un alumno de Lisipo natural de la isla, Cares de Lindos, y tenía una altura de más de 70 codos: “pocos hombres pueden abarcar su dedo pulgar entre los brazos” (Hist. Nat. XXXIV, 18); Estrabón le atribuye también “siete veces diez codos de altura” (Geog. XIV, 2, 5). El codo romano, cubitus o ulna, equivalía, aproximadamente, a 0’44 m.; setenta codos suponen una altura algo mayor de 30 metros. La envergadura de este Coloso supuso un problema no sólo desde un punto de vista artístico, por cuestiones relativas a la perspectiva, sino también en lo que concierne a la ingeniería, pues era imprescindible garantizar la estabilidad de la obra.
En el tratado titulado De Septem Orbis Spectaculis, atribuído a Filón de Bizancio, donde por vez primera se enumeran las siete maravillas del mundo antiguo, se describen pormenorizadamente las técnicas de construcción de ésta maravilla mencionada en el cuarto lugar (De Sep. Orb. Spec. IV). Filón de Bizancio fue un estudioso griego que escribió diversas obras sobre mecánica y poliorcética y que trabajó durante el siglo III d.C. No obstante, hay autores que atribuyen este tratado sobre las maravillas del mundo a un autor anónimo del siglo VI d.C. (MARYON, H. 1956: 68). Según el citado tratado, para levantar esta ingente obra, se hubo de construir primero una estructura con barras de hierro e, incluso, columnas de mampostería que soportaran las grandes placas de bronce (MARYON, H. 1956: 69).
A esta cuidada técnica alude también Plinio cuando afirma que, en el interior de los restos del Coloso, se pueden ver grandes bloques de roca (Hist. Nat. XXXIV, 18). Pero, a pesar de los esfuerzos de Cares, su obra fue derribada por un terremoto en el año 224 a.C. (Polibio, Hist. V, 88, 1); de acuerdo con los vaticinios dados por un oráculo, los rodios no quisieron alzarlo de nuevo y el Coloso quedó durante largo tiempo quebrado a la altura de las rodillas y tendido en el suelo, desde donde los visitantes se admiraban aún de sus dimensiones (Estrabón, Geog. XIV, 2, 5).
Las fuentes lo describen como una efigie del dios Helios, sin definir sus emblemas ni su actitud. Fueron los grabadores de época posterior quienes imaginaron un Coloso, de tamaño muy superior a los 30 metros, que concibieron con atributos iconográficos muy diversos. Una de las imágenes más reproducidas es aquella que ubica la efigie de Helios en el puerto, con un pie a cada uno de los lados de la bocana; esta teoría, no obstante, fue sugerida por vez primera en los escritos de Vigémère y de Fabri, quienes visitaron Rodas entre los años 1480 y 1483 (MARYON, H. 1956: 79). Esta extendida hipótesis sobre la colocación del monumento no tiene, por tanto, fundamento en las fuentes escritas ni arqueológicas; por otra parte, el tamaño del Coloso habría sido entonces muy superior al citado por los escritores antiguos y la dificultad técnica para erigirlo prácticamente insalvable.
Herbert Maryon ha sugerido la posibilidad de que un relieve hallado en Rodas y datado en torno al siglo II a.C. pueda reproducir la imagen de la mítica obra de Cares. En este relieve, muy dañado, se puede apreciar cómo un joven efebo, que pudiera lucir una corona radiada, se lleva la mano a la cabeza; Maryon ha interpretado este gesto como la actitud tradicional de mirar la salida del Sol (véase reconstrucción según dibujo de Ann Dallas). No obstante esta interpretación, lo más interesante es la presencia de una túnica enrollada en el brazo izquierdo que, sin duda, habría sido un buen recurso para dotar al Coloso de un punto de apoyo adicional (MARYON, H. 1956: 72). Así, la imagen de Helios portaría únicamente su principal distintivo iconográfico, la corona de rayos solares. Según el mismo autor, la localización más apropiada para la erección de este Coloso habría sido cerca del puerto, aunque no sobre él, en un distrito de la ciudad conocido como el Castillo, en el área que ocupaba la antigua iglesia de San Juan del Coloso (MARYON, H. 1956: 81).
No obstante, recientes estudios apuntan que su localización pudiera estar en una colina cercana al puerto. Úrsula Veder, tras haber practicado diversas intervenciones arqueológicas en la zona, ha afirmado que esta obra estuvo ubicada por encima de la terraza del estadio de Rodas, en torno a lo que, tradicionalmente, se había considerado un templo de Apolo. Dicha autora entiende que se trata del santuario de Helios, donde se realizarían juegos en su honor y donde se albergaría, además, el colosal exvoto (Véase VEDER, U. 2003).
Por lo que respecta a los atributos iconográficos del Coloso, el grabado incluido en la obra de Athanasius Kircher aúna todos los tópicos sobre esta mítica obra. Un puerto rodeado de edificios de corte barroco remata en dos alas que se disponen bajo los pies de la estatua, formando una elipse como evocación de los pórticos de Bernini en la plaza de San Pedro; dos inscripciones –CARES LINDIUS y LISIPPI DISCIPUL. ARCHITECT.– aluden al escultor, Cares de Lindos, y a su ilustre maestro, Lisipo. La efigie muestra a un Helios imberbe, con un paño que cubre únicamente su sexo, coronado por los rayos solares y con un carcaj a la espalda. Este atributo que, habitualmente, no porta el dios Helios sugiere su identificación con Apolo. Además, la estampa muestra al dios sujetando un cetro con su mano derecha, que acaso sea una referencia a la soberanía del dios en la isla, mientras alza con la izquierda una copa llameante. Esta concepción del Coloso a modo de fantástico faro, alude a su caracterización como luminaria, pero entraña una confusión con otra de las maravillas del mundo, la torre de la isla de Pharos en Alejandría. No obstante, tanto el carcaj como la antorcha remiten a ciertas acuñaciones romanas que muestran a Oriens (el Sol naciente) identificado con Sol Invictus, sometiendo a los enemigos y portando un arco y una antorcha o bien una rama de laurel, símbolo de la victoria, en su diestra; sea como fuere, este arquetipo pudo inspirar los grabados de este Helios de Rodas sobrecargado de atributos iconográficos.
El Coloso, derribado por el terremoto del año 224 a.C., inalterable en su declive debido a la devoción de los rodios, permaneció tendido en el suelo hasta que en el siglo VII, los sarracenos, capitaneados por Muawiyah, saquearon y vendieron el bronce. Según la Crónica de Miguel el Sirio (X, cap. 10), para desprender los fragmentos de sus piernas, aún anclados al suelo con barras de hierro, se precisó de la fuerza de muchos hombres, que lograron abatirlos mediante cuerdas; posteriormente, como también afirma Constantino VII Porfirogeneta, el bronce fue vendido en Siria a un judío de Edessa y se necesitaron “novecientos camellos” para trasladarlo (De adm. imp. XX-XXI). Indudablemente, las referencias a este Coloso demuestran la preeminencia del culto rodio a Helios y, por extensión, la importancia que la liturgia solar pudo tener en el entorno mediterráneo. Esta obra tuvo tal trascendencia que el emperador Nerón quiso emular el mítico exvoto rodio y erigió un Coloso, obra de Zenodoro, en el vestíbulo de la Domus Aurea, en la cima de la Velia (Plinio, Hist. Nat. XXIV, 45). A su muerte, Vespasiano convirtió esta estatua en una representación del Sol, con sus tradicionales atributos y privándolo ya del rostro del emperador; finalmente, fue Adriano quien lo trasladó a las inmediaciones del anfiteatro Flavio, para facilitar la edificación del templo de Venus y Roma. La cercanía con el anfiteatro Flavio del Coloso hizo que se transfiriera el nombre al edificio, conocido a partir del año 1000 aproximadamente, como Coliseo (PLATNER Y ASBBY, 130-131). Cómodo se apropió de la estatua dotándola de sus rasgos y caracterizándolo como Hércules pero, a su muerte, fue restaurada de nuevo como una estatua del Sol, augurando así la significación del culto solar que inundaría Roma en torno al siglo III d.C.