Descripción:
Esta metopa es la mejor conservada de cuantas se han recuperado del templo de Atenea en Ilión y, sin duda, es buen ejemplo del magnífico programa decorativo que adornó el citado santuario. En este magistral altorrelieve destaca el dinamismo y, sobre todo, la profundidad que el artista ha sabido plasmar en la escena; en contraste con el caballo que aparece en primer plano, casi exento, apenas se esboza el final del tiro a la izquierda de Helios. La maestría del artífice se adivina, además, en la condición de los animales que, azuzados por el dios, inician el camino y se lanzan hacia delante en diferentes actitudes; uno de ellos, desgraciadamente dañado, gira su cabeza hacia el espectador, acrecentando aún más la sensación de profundidad, en un extraordinario escorzo.
Estos soberbios corceles han sido despojados de las alas que antaño les atribuyera el mito, lo que subraya el realismo que emana de este carro solar. La actitud rampante de los animales y el efecto del viento en la abigarrada túnica del dios sugiere un inmediato movimiento ascendente. Toda la escena remite al inicio de la travesía solar y, simbólicamente, al amanecer. Helios es un joven imberbe tocado con una magnífica corona, compuesta por dos series de rayos que, alternando su longitud, evocan, incluso, la presencia de llamas. Este ornamentado halo centra la escena y focaliza la mirada del espectador en el resplandeciente rostro del dios.
Esta metopa contrasta con otra de idéntica temática procedente del friso del templo C de Selinunte, que muestra el carro solar en situación estática, concebida frontalmente, sin atisbo alguno de la movilidad y el dinamismo sugeridos en la metopa troyana. No obstante, en ambos casos, se trata de piezas de esquina, lo que indica, tal vez, la existencia de un programa iconográfico que ubicaría este amanecer simbólico en uno de los extremos del templo, evocando así la recreación alegórica de un microcosmos en el espacio del santuario.