Localización (Institución, Colección):
Pompeya, Tablinum de la Casa de los Vettii
Descripción:
Esta pintura pompeyana representa el castigo de Ixión, rey tesalio cuyo comportamiento causó uno de los más terribles castigos decretados por Zeus. Su boda con Día, hija del rey Deyoneo, culminó con la muerte de éste último a manos de su yerno quien, al serle reclamadas las múltiples promesas previas a la boda, asesinó al anciano arrojándolo a un foso lleno de brasas. Este doble crimen cometido por Ixión, el perjurio de no cumplir sus promesas y el asesinato de un miembro de su propia familia, implicaba que tan sólo el propio Zeus podía purificarle y librarle de la locura del remordimiento; para ello, el Crónida le dio a probar la ambrosía y, por tanto, le otorgó al mismo tiempo el perdón y la inmortalidad. Pero la osadía de Ixión le llevó entonces a enamorarse de Hera, la esposa de Zeus; al intentar violarla, bien Hera o bien el propio Zeus crearon una nube, similar en todo a la diosa, a la que Ixión se uniría dando lugar a la estirpe de los centauros. Ante esta nueva irreverencia de Ixión, Zeus concibió un terrible castigo consistente en atar a Ixión a una rueda ardiente, castigo agravado por el primero de los favores de Zeus, ya que la inmortalidad del desdichado convirtió también en eterno su martirio (GRIMAL, P. 1981: 293-294).
La temática de la pintura pompeyana, muy variada, gustó de la representación de escenas mitológicas y castigos ejemplares, como el de Dirce, también en la Casa de los Vettii. Los frescos del denominado cuarto estilo se caracterizaron por amplias escenografías de arquitectura simulada que enmarcaba frescos, a modo de grandes cuadros, como éste del tablinum de la citada Casa de los Vettii.
La escena figura el momento en el que Ixión es atado a la rueda en presencia de la ofendida Hera. La figura de Mercurio, que centra la escena, se justifica en relación con el propio Ixión, de quien se suponía que cumplía su penitencia en el Hades, o en el Tártaro; esta vinculación con el inframundo fundamenta la presencia de Hermes-Mercurio como eterno vínculo entre uno y otro mundo. La diosa, sedente, se adorna con dos brazaletes y viste una túnica de tonalidades rosadas sobre la que descansa un manto blanco; porta con su mano izquierda un largo cetro mientras, con la diestra, alza un velo para cubrirse, avergonzada u horrorizada, ante la presencia de su agresor.