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Objeto Digital 484
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Identificador:
 484
Nombre:
Dioniso/Liber
Dioses
Dioses Olimpicos:
 
Dioniso/Liber
Nombre:
 
Dioniso/Liber
Tema:
 
El Otoño (Baco y Ariadna)
Atributos iconográficos:
 
Tirso, corona de vid, “nebris”
Autor:
 
Delacroix, Ferdinand-Victor Eugène (1798-1863)
Escuela:
 
Romanticismo francés
Período/Cronología:
 
1856-1863
Soporte y técnica:
 
Óleo sobre lienzo
Dimensiones:
 
196 x 165 cm.
Localización (Institución, Colección):
 
Museu de Arte de São Paulo Assis Chateaubriand
Fuentes primarias:
 
Ovidio, Metamorfosis VIII, 175 y ss.; Lucrecio, De rerum natura V, 737-738.
Descripción:
 
Esta obra es fruto del encargo realizado al pintor francés, en el año 1856, por el industrial y coleccionista alsaciano Frédéric Hartmann (1822-1880), para decorar uno de sus salones; el empresario deseaba ambientar su estancia con sendas alegorías de las cuatro estaciones. Delacroix, cuya salud empezó a deteriorarse a partir de 1859, terminó dos años después los frescos de Saint-Sulpice y, posteriormente, inició este bello proyecto poco antes de su muerte, en 1863, por lo que se ha especulado con el posible estado inacabado de estas cuatro pinturas que destacan por una pincelada ágil y desdibujada. La serie completa se conserva en el Museo de Arte de São Paulo, no obstante, el Museo de Bellas Artes de Boston custodia también unos bocetos de las denominadas “Estaciones de Hartmann”.
Delacroix decidió simbolizar las diferentes estaciones a través de cuatro escenas mitológicas: para el invierno, muestra a Juno envuelta en densas nubes ordenando al viento —Eolo— que destruya la flota de Eneas; la primavera se manifiesta en un bellísimo paisaje boscoso dónde Eurídice se emplea en recoger flores en el instante mismo en el que es mordida por una serpiente, ante la desesperación de Orfeo; para el verano, el maestro francés presenta el episodio del baño de Diana, sorprendida por Acteón; y, finalmente, para simbolizar el otoño, representa el encuentro de Baco y Ariadna en la isla de Naxos. Si bien a lo largo de la Historia han sido muy diversas las alegorías de las estaciones, esta elección del maestro francés recuerda particularmente un texto de Lucrecio: “El otoño enseguida se presenta, viene en su compañía el dios de viñas…” (De rer. nat. V, 737-738). La imagen habitual del otoño, no obstante, suele asociarse con una mujer, ricamente ataviada, que puede portar una cornucopia y estar coronada de vid, planta especialmente vinculada con el otoño pues es el momento de la vendimia. Por este motivo, si bien en ocasiones esta estación se simboliza a través de Apolo o de Pomona, diosa vinculada con los árboles frutales, Baco fue la divinidad preferida, bien cabalgando sobre una pantera o bien cargado de uvas (Elvira, 2008: 312). Pero, en esta elaborada serie, Delacroix no sólo decide mostrar a este dios como representativo del otoño, sino que además reinterpreta uno de los episodios míticos protagonizados por Baco: su encuentro con Ariadna en la isla de Naxos. En los cuatro casos, el maestro francés opta por mostrar momentos particularmente trágicos, los instantes anteriores a la inminente destrucción de la flota de Eneas o a la inmediata muerte Eurídice y de Acteón, o bien se complace en el abandono de Ariadna en Naxos. De este modo, el artista dispone de la posibilidad de plasmar en su obra la pasión que alienta a los personajes, la desesperación o el abandono causado por el sufrimiento, visiones muy del gusto del romanticismo.
Delacroix imagina el encuentro entre Ariadna y Baco en un paisaje agreste, rocoso, dominado por el arco de piedra que cierra la composición y permite apenas entrever el mar, frente a una costa cercada por altas montañas; es un entorno que armoniza con la visión del otoño, privado de vegetación y dominado por una tonalidad grisácea que, en esta serie, se corresponde con la azulada coloración del invierno pero contrasta con los bellos parajes boscosos de la primavera y el verano. A la izquierda del espectador, el dorado carro de Baco ha detenido su marcha, las panteras descansan del largo camino, recostada una e indiferentes ambas a la presencia del dios. En la lejanía, se adivina el séquito de bacantes que Delacroix excluye intencionadamente del foco de atención del cuadro, dotando a la escena de un aura de silencio apropiado para la sensación de abandono que define la escena. Baco acaba de descender de su carro y se acerca pausado a la joven Ariadna, apenas recobrada de su atormentado sueño, tendida en el suelo sobre telas y cojines, con la única compañía de un ánfora; cubren sus piernas un manto blanco y otro de suave verde y se adorna aún con un collar y dos brazaletes dorados. En cuanto al dios, Delacroix ha imaginado un Dioniso de potente anatomía, lejos del prototipo del efebo clásico, no obstante, lo identifica con sus atributos iconográficos habituales: la corona de hojas de parra, un estilizado tirso, que sostiene con su mano derecha, y la “nebris” que cubre su sexo y cae desde el hombro izquierdo. La figura de Ariadna se aleja de los arquetipos iconográficos de la mujer dormida y abandonada, con el brazo sobre la cabeza; más bien parece que, de la mano que la tiende el dios, ha comenzado a incorporarse aunque ni siquiera levanta su vista hacia él y más parece fijar su mirada en las armas abandonadas de Teseo, cuyo yelmo descansa también a sus pies.
Lejos de la impetuosa visión del mismo episodio plasmada por Tiziano (Museo del Prado), Delacroix muestra una escena de profundo pesar con una Ariadna abatida y un Dioniso compasivo, tan sólo el amorcillo que sobrevuela la pareja preludia el enamoramiento y evoca el texto de Ovidio: “A ella, abandonada y de muchas cosas lamentándose, sus abrazos y su ayuda Líber le ofreció, y para que por una perenne estrella clara fuera, cogida de su frente su corona, la envió al cielo” (Met. VIII, 175 y ss.).
Autor de la ficha:
 
Mª Amparo Arroyo de la Fuente
Objeto Digital 484
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