Descripción:
Esta obra conservada en el Museo del Prado es la primera de temática mitológica realizada por Velázquez, ya que está documentado el pago de la misma en el año 1629 (Portús, 2007: 313); en ella, ya se puede apreciar el particular enfoque que el pintor sevillano supo reflejar en sus reinterpretaciones de la divinidad clásica. Desde el punto de vista formal, la pintura muestra una escena en la que el dios Baco, rodeado de diversos personajes, corona a un hombre arrodillado. La escena se divide en dos partes bien diferenciadas: a la derecha del dios se sitúan dos jóvenes sátiros pertenecientes a su cortejo mientras que, a su izquierda, se agolpan los asistentes a esta particular ceremonia.
La bella efigie del dios se impone como foco de atención, si bien su figura no ocupa el centro geométrico del cuadro sino que se encuentra un tanto desplazada a la izquierda del espectador, componiendo así la pequeña escena de coronación que constituye el tema central de la obra. La figura sedente de Baco, no obstante, se erige como foco de atracción visual gracias a la marmórea coloración de su piel y a los llamativos mantos que cubren sus piernas y su sexo, cuyas tonalidades, de blanco inmaculado e intenso rosado, destacan entre las pardas vestiduras de los personajes de la derecha y la sombría luz que envuelve el paisaje y sugiere la caída de la tarde. A espaldas del dios, coronado de hojas de vid de acuerdo con su iconografía tradicional, se sitúa un joven sátiro que muestra también el torso desnudo, tal y como era habitual en los cánones de la pintura mitológica; dirige su mirada hacia Baco mientras sostiene una bella copa de vidrio con su mano izquierda y se apoya en su codo derecho, postura que evoca el banquete clásico. En la esquina inferior derecha otro joven completa el ‘thíasos’ báquico; esta figura a contraluz cierra la escena en la penumbra y sugiere la vaga impresión de que el foco de luz procediera directamente del dios. Ambos acompañantes lucen sendos tocados de hojas de vid; asimismo, la esquina superior izquierda está enmarcada por una maraña de hojas de parra que acentúa el carácter bucólico de la escena. La imagen de Baco así como también la del joven situado a su espalda se ajustan a la visión tradicional de las escenas mitológicas, tanto en lo que respecta a la indumentaria como en las sobrias actitudes de ambos personajes; en este sentido, de hecho, la efigie de Baco coronado de vid recuerda los magníficos modelos de Caravaggio (González, 2009: 107).
El lado derecho de la pintura puede considerarse es el más interesante, por lo innovador, y, sin duda, el más genuinamente velazquiano pues en él, el maestro sevillano introduce su particular visión cotidiana, cercana, de la divinidad que desarrollaría en obras posteriores como ‘Las Hilanderas’ o ‘Mercurio y Argos’. En este sentido, Velázquez plasma en el particular cortejo del personaje coronado una serie de tipos costumbristas con el que da forma a un grupo heterogéneo de rostros y actitudes propias de quienes han disfrutado copiosamente del vino. Lejos de visiones idealizadas de jóvenes danzantes y bellos cuerpos desnudos como los que, por ejemplo, pueden verse ‘La Bacanal de los andrios’ de Tiziano, Velázquez opta por representar a cuatro hombres curtidos de rasgos vulgares en cuyos rostros, particularmente en aquel que sonríe con descaro al espectador, se adivinan con claridad los efectos del vino y cuya actitud ha devenido en el título con el que habitualmente se conoce esta obra: ‘Los borrachos’. Un quinto componente de este peculiar séquito se despoja del sombrero, dejando oculto su rostro, mientras se gira para conversar con el hombre que cierra la composición a la derecha del espectador. Estas actitudes cotidianas de sesgo costumbrista armonizan a la perfección con la jarra de barro y el recipiente de vidrio que, junto a una tela descuidadamente abandonada a los pies de Baco, componen un auténtico bodegón.
Finalmente, arrodillado a los pies del dios, Velázquez ha situado a otro hombre, cuya camisa de tonalidades ocres se complementa con el manto rosado, que recibe la corona de hiedra de manos del propio dios. Esta coronación que, desde el punto de vista de la liturgia dionisíaca, podría suponer la culminación de los ritos iniciáticos, más parece en el contexto de esta reunión de hombres ebrios una simple burla. Por ello, son muchas las interpretaciones que se han querido ver en esta particular visión de Velázquez, desde una parodia de la corona española (Orso, 1998) hasta una alegoría de la creación poética (Lleó, 1999).
En nuestra opinión, más parece que esta escena y el particular costumbrismo del que Velázquez dota al grupo de acompañantes de Baco, se ajusta sencillamente a la reiterada pretensión de realismo que el maestro sevillano gustaba proporcionar a sus obras de temática mitológica. Esta capacidad velazquiana de acercar los dioses al espectador, de ver lo más cotidiano de las deidades clásicas es su seña de identidad en obras como el ‘Mercurio y Argos’, también conservado en el Museo del Prado; al igual que convierte a Mercurio en un auténtico ladrón acosando a un pobre pastor, en esta visión del dios del vino el maestro sevillano convierte las coloridas e idealizadas bacanales que el arte había imaginado hasta la fecha, en una simple reunión de borrachos mostrando, de la manera más realista posible, los efectos del vino de los que ya hablara Eurípides: “Hace cesar las penas de los mortales desdichados cuando se sacian del zumo de la vid, les obsequia con el sueño y el olvido de los males diurnos, y no hay otro remedio para las fatigas” (Las Bacantes, 281 y ss.).