Descripción:
Este fresco, procedente de la denominada Casa del Centenario (IX, 8, 6) de Pompeya, muestra una interesantísima efigie de Baco ubicada en un entorno cercano, tal y como se ha supuesto, al propio Vesubio. Esta rica ‘domus’ urbana pudo pertenecer a la familia Vero (De la Corte, 1965), de acuerdo con los grafitos documentados en la fachada que hacen suponer que albergó a altos magistrados de la ciudad, como Aulus Rustius Verus o bien al duunviro Tiberius Claudius Verus. La decoración de las múltiples estancias de la casa destaca por la riqueza y variedad de temas; entre ellos, la mitología está presente en frescos de diferentes cubículos, con imágenes de Ártemis y Cupido, y también, particularmente, en la magnífica decoración del pórtico oeste del peristilo, con personificaciones de vientos y divinidades marinas.
La pintura que nos ocupa se encontraba en una pequeña estancia situada tras una puerta —abierta precisamente en el muro oeste del peristilo— que daba acceso a las dependencias de los sirvientes. En su ubicación original (Figura B), antes de su traslado al Museo Arqueológico Nacional de Nápoles, este fresco se hallaba estrechamente relacionado con un pequeño larario y formaba parte de la decoración pictórica asociada al mismo; a ambos lados del pequeño templete dedicado a la devoción doméstica, estaban representados dos jóvenes danzantes con ‘rython’, que simbolizaban a los lares, dioses protectores del hogar. En la pared perpendicular, se ubicaba otro fresco, cuya relación con el descrito se evidencia en la continuidad de la guirnalda superior; en éste, se muestra a Baco en un entorno natural en el que destaca una alta montaña con las laderas cubiertas de vides. Se ha sugerido que este contexto, si bien puede hacer referencia al mítico monte Nisa, lugar de crianza de Baco, representa un enclave local y muestra una visión del Vesubio con anterioridad a la terrible erupción del año 79 d.C. que destruyó la ciudad y que modificó considerablemente la silueta de la cumbre del propio volcán. En apoyo de esta hipótesis, cabe citar la descripción que hicieran de las laderas del Vesubio tanto Plutarco (Craso IX, 2), al hilo de su relato sobre la rebelión de Espartaco, como el poeta Marcial, quien evoca de este modo la visión del monte con anterioridad a la erupción: “Éste es el Vesubio, verde hasta hace poco con la sombra de sus pámpanos, aquí su famosa uva hacía rebosar los bullentes trujales. Éstas son las cumbres que Baco prefirió a las colinas de Nisa, por este monte desplegaban poco ha sus danzas los sátiros, ésta es la morada de Venus, más grata para ella que Lacedemonia, aquí había un sitio famoso por el nombre de Hércules. Todo está asolado por las llamas y sumergido en lúgubre ceniza y los dioses no querrían que esto se les hubiera permitido” (Epig. IV, XLIV). La bucólica escena se corona con una guirnalda o corona vegetal que, tal y como ya se ha citado, continuaba sobre el larario y que se adorna con cintas en torno a las cuales revolotean diversas aves.
El aspecto más llamativo de esta pintura es, sin duda, la inusual iconografía del dios Baco, quien se muestra con el cuerpo rodeado de uvas, casi simulando un enorme racimo; esta particular visión del dios alude, por un lado, a su propia naturaleza como deidad asociada a la vendimia y al vino, pero también constituye una nueva referencia al entorno ya descrito, el monte Vesubio cubierto de vides. Además de esta llamativa particularidad, Baco porta sus atributos iconográficos habituales. Está tocado con una corona vegetal que pueden ser de hojas de vid, acorde con el peculiar atuendo de frutos que el dios luce, o bien, tal y como se describe en el Himno Homérico, una aureola de hojas de hiedra: “A Dioniso, de cabellos de yedra, bramador, comienzo a cantar, de Zeus y de Sémele gloriosa ilustre hijo, al que criaron las ninfas de hermosa cabellera, de manos de su padre soberano tras acogerlo en su seno, y con cariño lo cuidaban en los valles de Nisa” (Himno Homérico a Dioniso, XXVI, 1-5). Sostiene con la mano izquierda una estilizada y alta vara que recuerda el tirso, el cetro ritual decorado con hojas de hiedra y parra que solía rematarse con una piña; con la diestra sujeta elegantemente un vaso ritual con el que realiza una libación de la que bebe una pequeña pantera. Este animal estaba particularmente vinculado con Baco y formaba parte de su ‘thiasos’, habitualmente, tirando del carro del dios.
En la parte inferior de la escena se muestra una bellísima sierpe, símbolo de Agathodaimon, el ‘buen demon’, genio apotropaico cuya representación era habitual en la iconografía de los lararios. Era frecuente la presencia en estos altares domésticos de divinidades protectoras, como los lares o este Agathodaimon, así como también de pequeñas efigies de las deidades más veneradas por la familia; en este sentido, la presencia destacada de Baco en el fresco analizado y en esta ubicación concreta puede indicar una particular devoción sin que por ello se pueda atestiguar la celebración de ritos báquicos como los documentados en la Villa de los Misterios, también en Pompeya.