Descripción:
Conforme fueron evolucionando las técnicas bélicas, cuando se instauró la técnica hoplítica, caracterizada por la sophrosyne, es decir, por la templanza y la disciplina, Ares fue perdiendo influencia en la concepción que de la guerra tenían los antiguos griegos, pues el sistema de combate que él personaliza en el siglo V a. de C. había casi desaparecido, desplazado por el peltastes, es decir, el combate de la infantería pesada quedó desplazado por el combate de la infantería ligera, y por la técnica de lucha en formación de falange. Atenea se adaptaba mejor a las nuevas realidades de la estrategia y la guerra en equipo, bajo la inteligente dirección de un general y el vacío de Ares en las invocaciones bélicas fue cubierto por Atenea. A partir de este momento la fuerza bruta dejó de tener tanta importancia y fue desplazada por la eficacia y la rapidez en el desplazamiento de tropas. Esta sustitución de Ares por Atenea tiene una importante repercusión iconográfica. Ares no será apenas representado y, cuando lo es, aparece figurado a la manera de los guerreros antiguos que practicaban el combate individual, armados con casco, escudo, coraza, cimera, grebas... Durante el gobierno de Pericles, se produjo la renovación iconográfica de Ares de la mano de una importante estatua de Alcamenes, que se atrevió a representar al Dios de la Guerra como un peltastes. Existe un himno homérico muy breve y de época un tanto tardía, en el que Ares es invocado como una potencia cósmica y planetaria, identificada con el planeta Marte. Esta identificación de Ares con el planeta Marte puede deberse al pensamiento del poeta Onomakritos, que fue un importante adivino ateniense que asimiló al dios con el planeta del sistema solar. A partir del siglo V a. de C. la percepción del dios pasó a ser la de una divinidad astral, un espíritu puro, que personificaba el ardor combativo, tanto en sus aspectos positivos como en sus aspectos negativos. El himno homérico refleja un pensamiento religioso más refinado, contaminado ya de suposiciones filosóficas. Es a partir de entonces cuando a Ares se le empiezan a añadir epítetos como el de “salvador de ciudades”, “auxiliador de la justicia”, que habrían resultado inadecuados en el periodo arcaico. De la mano de estas novedades se pasará a representar a Ares de una manera un tanto diferente, como un varón maduro e imberbe, desnudo o con paños fidiacos, y armado únicamente con la lanza y el casco, mostrando nuevos ideales al servicio de la mentalidad del peltastes.
A este modelo iconográfico corresponde el Ares de Alcamenes, el más importante de los discípulos de Fidias, esculpido hacia el 430 a. de C. y conocido a través de una copia romana de época imperial que formó parte de la colección Borguese. En la actualidad es considerado, a falta de nuevos hallazgos arqueológicos, la primera imagen de culto del dios, imaginado como un muchacho joven, apuesto y desnudo, con casco ático que permite verle la cara y la lanza. Robertson apreció a primera vista una cierta influencia de Polícleto “pero con una distribución de las cargas muy distinta: el peso descansa sobre la pierna izquierda y el brazo izquierdo está tensado, mientras que el derecho cuelga suelto sobre la pierna derecha que está distendida y avanzada; la cabeza gira y se inclina en la dirección de esta última”. El profesor Elvira considera que “sólo su actitud, que esboza un movimiento y mira ligeramente hacia abajo, alude a su carácter inquieto y sombrío”. Sin duda ofrece una visión del dios de la guerra llena de dignidad y melancolía, fiel al deseo de dignificar y humanizar la imagen de las deidades que postulaba Fidias de acuerdo a los principios de majestuosidad, elegancia y efectismo.
Pausanias habla de la existencia de un santuario dedicado a Ares situado al norte del Ágora, del que podemos decir, a través de sus restos arqueológicos que era un templo dórico del siglo V a. de C. reconstruido en tiempos de Octavio Augusto. Es posible que este templo fuera trasladado desde el demo de Acarnas, donde el culto a Ares junto al de Atenea se documentan antes del periodo clásico. Pausanias describe un muy interesante conjunto de estatuas que formarían un ciclo iconográfico exaltatorio de los valores positivos de Ares como dios de la guerra: “Cerca de la estatua de Demóstenes hay un santuario de Ares, donde están dos imágenes de Afrodita; la de Ares la hizo Alcamenes, y la de Atenea un artista de Paros llamado Locro. Allí también hay una estatua de Enio que hicieron los hijos de Praxiteles. Alrededor del templo están Heracles, Teseo y Apolo atándose el cabello con una cinta, y una estatua de Calades, que, según se dice, escribió las leyes para los atenienses y otra de Píndaro, que obtuvo, entre otras cosas, de los atenienses la estatua porque había compuesto un canto para alabarlos. No lejos están Harmodio y Aristogitón”. De este fragmento se deduce que las estatuas más importantes debieron ser el Ares de Alcamenes y la Atenea de Locro. Nuevamente estamos ante la pareja de conceptos que describían la forma dual en que los griegos entendían la guerra. El original de la estatua de Ares no ha llegado a nuestros días, pero el Ares Borghese que se conserva en el Museo del Louvre encaja bien con el estilo de Alcamenes y con la obra descrita. Charbonneaux afirma que el Ares Borguese es el primer prototipo de la iconografía de Ares que elimina los signos de brutalidad y virilidad masculina haciendo aflorar en él un aspecto un tanto afeminado que posiciona el estilo de Alcamenes muy lejos del de Fidias.
En el Museo Capitolino de Roma, se conserva una versión del Ares de Alcamenes, cuya cabeza es un retrato de Adriano barbado y con casco, en lo cual se advierte la admiración que éste sentía por Grecia. Desde el punto de vista formal, también puede ser relacionado con el Ares de Alcamenes una cabeza de Ares del Museo de Munich que, por tener entreabiertos los labios, debe ser del siglo IV a. de C. aunque ha habido investigadores que la han publicado como obra directa de la mano de Alcamenes.