Descripción:
A pesar de haber tenido un distinguido origen, Ares nunca ocupó un lugar destacado en el panteón heleno, puesto que ni siquiera llegó a ser bien considerado por su padre; y los otros dioses, salvo Afrodita, le aborrecían. Los antiguos griegos distinguían en la guerra dos acciones claramente diferenciadas: una era noble, vinculada a la patria y la defensa de la polis, basada en la estrategia, cuyo patronato era amparado por Atenea, mientras que la otra, asociada a los más bajos instintos humanos de destrucción y dominio, quedó asociada a Ares. Los helenos daban una extraordinaria importancia a la guerra y, como consecuencia de ello, está continuamente reflejada en la mitología. En opinión de Eliade, el hombre crea a los dioses ante los cuales se postra haciéndolos a su imagen y semejanza (y no al revés), de modo que una sociedad que tuvo continuas guerras (como lo fue la griega) necesariamente, hubo de dar una notable importancia a la dimensión religiosa de la guerra. Los dos dioses de la guerra en el mundo antiguo fueron Ares y Atenea.
En la literatura clásica de género épico es frecuente que ambos dioses aparezcan juntos y que se muestre la superioridad de Atenea sobre Ares. En la Iliada, se dice que: al frente iban Ares y Palas Atenea, ambos de oro y vestidos con áureas ropas, bellos y esbeltos con sus armas, como corresponde a dos dioses (Iliada, Canto XVIII, v. 516-518). No menos interés tiene la arenga que Aquiles pronuncia para exaltar los ánimos de los aqueos antes de enfrentarse a los troyanos cuando dice: Difícil me resulta, a pesar de toda mi valentía, ocuparme de mandar tantas gentes y luchar contra todos; ni siquiera Ares, que es un dios inmortal, ni Atenea podrían ocuparse y atender al desarrollo de una batalla tan grande (Iliada, Canto XX, v. 356-359). Hesíodo mantiene esta dualidad en el Escudo: Allí estaban los dorados caballos de rauda pezuña del terrible Ares; allí también el propio Ares portador de despojos, funesto con una lanza en sus manos, incitando a los infantes y rojo de sangre como si matara hombres vivos de pie en su carro. A su lado estaban el Terror y el Miedo ansiosos de sumergirse en la guerra de hombres. Allí la hija de Zeus amiga de botín, Tritogenia, en actitud como si deseara incitar al combate con lanza en su mano, yelmo de oro y égira sobre los hombros- marchaba hacia la terrible contienda (Hesíodo, Escudo, 191-201)
La Iliada está llena de referencias a Ares que sirven para trazar su personalidad y, aunque por lógica, cabría pensar que ocuparía un lugar preeminente como señor de la guerra, hemos de reconocer que su papel en la contienda es más bien subsidiario y, únicamente, aparece para dar a entender ferocidad y violencia. En realidad, una buena prueba del desprecio que los griegos sintieron por Ares es que, cuando hacían la guerra, las plegarias e invocaciones más importantes las dirigían a Atenea. Tradicionalmente se ha relacionado el nombre de Ares con el sustantivo griego que significa ruina o perdición y se ha interpretado a este Dios como la simple personificación de la fuerza destructiva elemental de la naturaleza. En opinión del profesor Bernabé, se ha puesto en duda que el nombre Ares derive del sustantivo , pero tal tesis no ha sido desmentida con argumentos sólidos. Algunos mitólogos han considerado que el nombre Ares procede del término griego , que significa macho, masculino o viril. En tal caso, cabría interpretar a Ares como la personificación de las cualidades más varoniles del hombre asociadas al ámbito castrense. Ares está citado en Homero y en Hesíodo simplemente como dios de la guerra en lo que ésta tiene de bestial, implacable, feroz, inhumana y sanguinaria, es decir, en todo lo que podría considerarse negativo. La diferencia entre la actitud de Ares ante la guerra, respecto de la actitud que tienen otros dioses, es que los otros dioses orientan la guerra de acuerdo a un fin concreto y son batalladores por la necesidad de defenderse, por rencor, por sentimiento de venganza, por defender a otros pueblos o por proteger a los héroes a quienes amparan. Ares combate simplemente por gusto. Su inclinación natural es la guerra en sí misma, ni combate por amistad, ni combate por honor, ni por ningún motivo particular más allá del placer que le produce lo sanguinario. En realidad, para Ares no habría amigos ni enemigos, sino sólo lucha, guerra, muerte, sangre y destrucción. En ese sentido debe ser entendido como la doble personificación del sustantivo y es decir, como un binomio de conceptos contrapuestos en el que lo femenino encarna el poder creativo de la vida y lo masculino, a través de la guerra, el poder destructivo.
Ares es considerado el guerrero por excelencia, intrépido, de valor ciego y de atrevimiento insensato. Algunos mitólogos, por el hecho de ser hijo de Zeus, consideran que en su origen era la personificación de la tormenta. Homero afirma que Ares apenas se podía dominar y que, acompañado de la Disputa, tenía incontenible furor (Iliada, Canto V, v. 518). Su carácter violento se refleja incluso en el hecho de haber rechazado la morada olímpica, pese a ser hijo legítimo de Zeus, y haber elegido una morada terrestre situada en la región que los griegos consideraban más ruda, agreste, montañosa y fría: Tracia, al norte de Grecia, habitada por hombres de complexión fuerte, pelirrojos y belicosos. De Ares se dice que es brutal, de fornida voz y que aullaba, semejante a una tenebrosa borrasca (Iliada, Canto XIII, v. 521 y XX, v. 51). Es curioso señalar que, ya desde antiguo, se identifica el color rojo del pelo con la violencia y la agresividad. Ares siempre está ávido de sangre y el pelo, rojo como la sangre, es manifestación externa de ello. La asociación de Ares con las tormentas, atronadoras como su voz, tiene mucho que ver con el hecho de que los trenes de borrascas que azotan Grecia proceden generalmente de Tracia, causando las escarchas, tormentas, heladas y masas de aire frío que destruyen y malogran las cosechas. En la conformación de la personalidad de Ares debió jugar un papel esencial la observación del medio natural. No se ha de olvidar nunca que, en el ideario geográfico heleno, Tracia era el territorio que separaba a los griegos del delicioso país de los hiperbóreos.
Los dos conceptos de la guerra: racional e irracional, generan un conjunto de iconografías en las que los hermanos Atenea y Ares luchan. En la Iliada encontramos a Ares luchando contra Atenea de tres maneras diferentes. La primera en el canto V, cuando Atenea infunde valor a Diomedes para que no se acobarde ante la imponente presencia de un Dios, y le arma el brazo para que luche contra Ares, protegiéndole de una manera un tanto especial: Atenea se pone el casco de Hades, que la hace invisible, y protege a Diómedes desviando los golpes de Ares, para, en acción simultánea, guía su espada para herir a su potente enemigo, Canto V, v. 846. La segunda es el enfrentamiento que ella misma protagoniza contra Ares, relatado en el canto XXI v. 400. La tercera en ocasión de la lucha entre Heracles y Kiknos.
En la cerámica de figuras negras y de figuras rojas es habitual la representación de Atenea vestida con el peplos, escudo, casco, cimera y lanza, en el momento en que blande la lanza contra su hermano, representado como si fuera un guerrero homérico, es decir, vestido con linotorax, grebas, casco, escudo y lanza. Zeus, llevando el rayo en la mano derecha, se interpone entre ambos, alzando los brazos, para evitar el choque entre sus dos hijos. Las actitudes de Atenea y Ares son muy agresivas y amenazadoras, tal y como sucede en la crátera ática, firmada por el alfarero Nikóstenes, datada hacia los años 540-510 a. de C., hoy en el Museo Británico.