Fuentes primarias:
Himno Homérico a Deméter, 335 y ss.; Ovidio, Metamorfosis V, 514 y ss; 569 y ss.; Himno Homérico a Hermes, 15.
Descripción:
Esta obra de Frederic Leighton muestra el aspecto más humano del mito de Deméter y Perséfone: el preciso instante en que la madre, después de su azarosa búsqueda y su enfrentamiento con el mismísimo Zeus (Ovidio, Met., V, 514 y ss.), presencia el regreso de su hija desde el inframundo: “Se cambia al punto el aspecto de su alma y de su rostro; pues la frente de la diosa, que hace poco podía parecer entristecida incluso a Dite, está alegre, como sale de las vencidas nubes el sol que antes estuvo cubierto por nubes preñadas de agua” (Ovidio, Met., V, 569 y ss.). La diosa-madre, a la izquierda de la composición viste una túnica y un bello manto de tonalidades rosáceas que, siguiendo las tradiciones iconográficas, cubre su cabeza, como último recuerdo del luto lucido durante su búsqueda. A la derecha, en un plano inferior, Perséfone, ataviada con túnica de pálidos ocres, es alzada por Hermes desde el inframundo. La intensidad del encuentro se materializa en los gestos de ambas mujeres: Deméter abre los brazos para recibir a su hija, quien extiende los suyos para alcanzar a la madre. Este gesto de ansiedad de la joven Koré sirve al artista para definir la diagonal ascendente del cuadro.
Ninguna de las protagonistas del encuentro lleva atributo iconográfico alguno y es la propia situación y, principalmente la figura de Hermes, la que sirve para identificar este episodio pues, según el Himno Homérico a Deméter (335 y ss.), fue el encargado no sólo de devolver a Perséfone, sino también de transmitir a Hades los designios de su hermano. El Argifonte sí ha sido caracterizado con sus atributos tradicionales, el pétasos alado y un delicado caduceo que sujeta con su mano derecha; no obstante, el artista ha sustituido la túnica corta habitual en esta divinidad por un largo manto azulado que contrasta con los tonos del atuendo de la joven rescatada. La figura de Hermes en este contexto aparece en su calidad de psicopompo, como el encargado no sólo de dirigir las almas de los muertos al inframundo –pues en este caso su función es la contraria– sino más bien como “el guardián de las puertas” (Himno Homérico a Hermes 15), aquel que vigila y regula los accesos mismos del Más Allá, el lugar exacto en el que se comunica el mundo de los vivos y el mundo de los muertos.
En este sentido, cabe destacar cómo el artista ha sabido representar este trascendental limes mediante la tendencia ascendente del cuadro que sugiere la elevación desde el Hades hacia la superficie; asimismo, la parte inferior del cuadro, que Leighton adorna con una hojarasca de verde intenso, contrasta, por su oscuridad, con la salida de la cueva donde se perfila a contraluz la figura de Deméter, enfatizada entre blancas nubes que la dotan de una luminosidad sobrenatural. De este modo, se acentúa la profunda contradicción entre la vida y la muerte, la luz y la oscuridad, aspectos inherentes a la doctrina de Eleusis.