Fuentes primarias:
Apolodoro, Biblioteca, I. 35 y II. 138
Higino, Astronómica, 2.3
Pausanias, Descripción de Grecia, 8. 47. 1
Píndaro, Nemeas IV. 44
Quinto de Esmirna, La Caida de Troya, 1. 235 y 14. 632 ss
Suidas, Cfr. “Gigantiai”; Suidas, Cfr. “Pallas”.
Descripción:
“Decía un oráculo que los dioses no podrían destruir a los gigantes sin la ayuda de un aliado mortal. Por mediación de Atenea, él [Zeus] pidió a Heracles que fuera su aliado. Heracles primero, lanzó una flecha a Alcioneo que cayó a tierra recuperándose inmediatamente. Aconsejado por Atenea, el héroe arrastró a Alcioneo fuera de Palene y allí murió” (Apolodoro, Biblioteca, I, 35).
Atenea separa al gigante Alcioneo de su madre Gaya, semienterrada en su dominio terrestre, mientras una Nike se dispone a coronar a la diosa triunfante. Cuando los restantes olímpicos luchaban encarnecidamente con sus rivales los gigantes, Atenea, haciendo uso de la astucia y la inteligencia que encarna, utilizaba un ardiz para vencer al joven Alcioneo: agarrándolo por la cabellera lo separaba del contacto con la Madre Tierra, que dotaba de fuerza a sus hijos los gigantes.
La diosa, identificada por el gorgoneion que cubre su pecho aparece representada en diagonal, cruzada su silueta, en aspa, con la diagonal que marca el hermoso cuerpo del gigante, situado tras ella. Se perfila así un portentoso movimiento, muy característico del mejor estilo pergameno. Por el margen derecho del cuadro, la figura de una Victoria alada, en actitud de coronar a la vencedora, señala una línea oblicua, también diagonal, en sentido opuesto. Así concebido la composición queda compensada en un bello equilibrio de contrarios. Gaia, suplicante, con los brazos extendidos y su mirada dirigida hacia Atenea, ocupa el margen inferior del cuadro; tanto su posición diagonal como su mirada (dirigida en el mismo sentido) enfatizan la ascensionalidad, que culmina en la figura de la diosa.
Al igual que sucede en todos los relieves que componen este gran friso escultórico, la imagen de la divinidad está plasmada de acuerdo con los prototipos clásicos: es una hermosa figura de tersa y delicada piel, que viste según los arquetipos tradicionales. Por el contrario, la figura del gigante, aunque completamente humana en este caso, es un prototipo doliente, de exagerada musculatura y rostro patético, que expresa su dolor a través de los ojos profundamente hundidos en las cuencas.
Modelos similares pervivirían largo tiempo como ejemplos a imitar. Así lo sugiere el trabajo llevado a cabo por los escultores al servicio del emperador Tiberio, Agesandros, Polidoros y Athenedoros, cuando éstos realizaron el grupo escultórico que representa la muerte de Laocoonte y sus hijos, hoy en el Museo Vaticano.
La iconografía de los gigantes utilizada en el gran friso constituye un amplio repertorio de tipos, entre los que caben las figuras completamente humanas, jóvenes y de edad madura, aquellas que tienen extremidades serpentiformes, las figuras aladas y las que poseen cabeza o algún atributo animal, las que tienen cabeza dotada de cornamenta… todas ellas imágenes dramáticas.
Gaia, con el cuerpo semihundido en su elemento, es una figura de gran tamaño, lo que indica su condición de divinidad primigenia. Es la imagen de una madre que suplica clemencia para sus hijos y por ello, es también una figura patética, de grandes y dolorosos rasgos, ajena al citado clasicismo y la contención que caracteriza a los olímpicos.
La plasticidad del conjunto resulta magistral, tanto por el cruzamiento de volúmenes y formas, como por el tratamiento del modelado de las figuras. Los pliegues bien marcados producen grandes contrastes lumínicos, y la diversidad texturas, conseguida de forma extraordinaria, contribuyen, también a la consecución del claroscuro, ya que la luz se detiene (mediante el profundo trépano) o pasa ligera entre las formas sin apenas rozarlas. Los contrastes lumínicos el arte pergameno constituyen una de las cimas del arte barroco de todos los tiempos.