Localización (Institución, Colección):
Edimburgo, Galería Nacional de Escocia
Descripción:
Tiziano reinterpreta el tema del baño de Diana en esta magnífica pintura realizada en torno a 1556. La escena se inspira en el mito narrado por Ovidio (Met. III, 138 ss.) y muestra el momento preciso en el que el joven cazador interrumpe el aseo de la diosa. El entorno elegido es un paisaje agreste enmarcado entre majestuosos árboles y un magnífico arco que cierra la escena. Las ninfas, compañeras de Diana, se distribuyen en torno a una fontana de piedra, decorada con mascarones y amorcillos, de la que mana el pequeño reguero que pasa a los pies de la diosa y refleja la escena. Dos de las ninfas se muestran sorprendidas ante la presencia de Acteón e, incluso, una de ellas se oculta tímidamente tras un pilar. Otra, recostada y semicubierta con un manto azulado, alza el velo rojizo que ocultaba la escena y dirige su mirada hacia la diosa, descubriendo la figura del joven. Finalmente, la última de estas ninfas se afana todavía en secar, con un paño blanco, el pie extendido de Diana.
Acteón, ataviado con túnica corta, altas botas y aljaba al hombro, extiende la manos, sorprendido, y deja caer el arco a sus pies, junto a un lebrel que, si atendemos al desarrollo posterior del mito, será uno de los animales encargados de devorar el cuerpo metamorfoseado en ciervo de su amo. La diosa, de formas rotundas, aparece completamente desnuda, sentada sobre un tocón cubierto con un manto de intensas tonalidades rosadas que conecta visualmente con aquel que descubre a Acteón y que, de este modo, relaciona compositivamente las dos figuras protagonistas del episodio mítico. A los pies de Diana, un pequeño perro de compañía contrasta con el magnífico ejemplar que acompaña al cazador, si bien la actitud violenta de este pequeño animal anuncia también el inminente final del joven. Asimismo, el rostro furioso de la diosa, semioculto tras su brazo, presagia su terrible venganza.
Diana es asistida por una esclava de raza negra, ataviada con una vistosa indumentaria rayada, que constata la consolidación del comercio de esclavos ya a partir de mediados del siglo XV. Esta mujer trata en vano de ayudar a la diosa a cubrirse con el velo que sujeta sobre su cabeza y que, incluso, recuerda el “aura velificans” habitual en la iconografía de Selene, diosa lunar asimilada con Diana; de hecho, como único distintivo iconográfico, la diosa luce un creciente lunar sujeto a su pelo con un tocado de perlas. La textura metálica de este pequeño símbolo lunar, así como la delicada ejecución del espejo y el recipiente de vidrio situados sobre la fuente, denotan la cuidada ejecución de la obra.
El maestro ha elegido para interpretar este conocido tema el momento mismo del descubrimiento —cuando aún Acteón conserva su aspecto humano— y ha obviado la terrible visión del ataque de los perros, si bien parece presagiar de nuevo su terrible destino con el bucráneo de ciervo que corona el pilar tras el que se esconde una de las ninfas. Esta obra forma parte de las denominadas “poesías” que el pintor realizó para Felipe II a partir de 1553, obras mitológicas inspiradas en las Metamorfosis de Ovidio, entre las que se cuentan obras maestras como Dánae o Venus y Adonis; esta serie no llegó a completarse y, de hecho, el pintor contemplaba la ejecución de un cuadro con la temática de la muerte de Acteón.