Descripción:
El pavimento musivo de uno de los cubículos de la villa romana de Carranque, datada en el siglo IV de nuestra era, muestra cuatro escenas encuadradas en sendas lunetas. La decoración se distribuye de manera geométrica en torno a un medallón central con una figura femenina nimbada que, tradicionalmente, ha sido interpretada como un retrato divinizado de la domina, ataviada como Venus (ARCE, J.1986: 371). En las esquinas de la estancia, en espacios cuadrangulares, se hallan los retratos de un Hércules adulto, con la clava al hombro, de Atenea, con lanza y casco con cimera, y de Ártemis/Diana, nimbada, portadora de una pharetra o carcaj con tapadera y tocada con su característica corona (ARCE, J.1986: 368); un cuarto espacio se halló tan deteriorado que tan sólo permite presumir la presencia de otra divinidad. En el umbral de este cubículo, una inscripción establece la autoría de la obra, tanto del taller ejecutante como del pintor, y constata también el nombre del dueño de la villa: EX OFICINA MA-----NI PINGIT HIRINIVS VTERE FELIX MATERNE HVNC CVBICVLVM: Del taller de Ma.... [a]nus; lo ha pintado Hirinio. Que disfrutes felizmente, Materno, este cubículo (ARCE, J.1986: 371).
Las cuatro lunetas, según la inicial interpretación iconográfica de Javier Arce, representan el encuentro entre Posidón –metamorfoseado en caballo– y la ninfa Amymone, la muerte de Píramo y Tisbe, el rapto de Hylas por las ninfas y, finalmente, el baño de Diana. La iconografía de este episodio responde fielmente al mito narrado por Ovidio (Met. III, 138 ss.) e Higinio (Fáb. 180 y 181): el cazador es sorprendido por Ártemis espiando su intimidad y, por ello, es convertido en ciervo y, consiguientemente, devorado por sus propios perros.
Centra la composición la figura de Diana, completamente desnuda y arrodillada mientras sus ninfas se encargan de verter agua sobre su cuerpo y de lavar sus cabellos; ocupadas en estas tareas se encuentran la figura situada a la derecha de la diosa, portadora de un ánfora manante, y otra, recostada a los pies de Diana e inmersa en el agua, empleada en asear la larga cabellera de la diosa. En el espacio izquierdo de la luneta, se reclina una tercera ninfa que delata con su brazo extendido la presencia de Acteón y se corona, como sus compañeras, con algas palustres; tanto estos elementos vegetales como el agua del que emergen las figuras de los extremos, están realizados con bellas teselas vidriadas en tonalidades verdosas y azuladas. En el extremo derecho de la escena, sobre un árbol, descansa la túnica corta de la diosa y su carcaj.
El mosaico representa el instante mismo en el que Diana es sorprendida; mientras aún sostiene su pelo ayudada por una de las ninfas, la diosa gira su cabeza y descubre al joven cazador al tiempo que, avergonzada, cubre su sexo con la mano derecha. Sin embargo, si bien se muestra el momento exacto en que se descubre la indiscrección del joven, el artista sugiere también el inicio del inminente castigo. Acteón, recostado en la parte superior de la luneta y portando el logobolon, la lanza propia de los cazadores, ha sido representado de menor tamaño para indicar su lejanía de la escena principal; oculto tras lo que parece un pequeño promontorio, de su cabeza surge ya la cornamenta de ciervo que anuncia su inmediata y mortal metamorfosis.
Este mosaico constata la pervivencia del conocido tema del baño de Diana en época tardoimperial; la definición de este episodio, en el que se describe un descubrimiento circunstancial o bien un tímido acoso por parte del joven Acteón, oculto entre la maleza, tendrá un amplio desarrollo iconográfico en épocas posteriores como símbolo del castigo por la indiscreción. La iconografía de Diana, en este caso, no responde a su identificación como cazadora pues, de acuerdo con el momento del baño representado, la diosa aparece desnuda; tan sólo el contexto y la indumentaria situada en la parte derecha del mosaico permiten identificar a la diosa. El retrato nimbado que ha sido identificado también con Diana responde a un prototipo iconográfico de la divinidad en el siglo IV que añade una aureola y una bella corona vegetal a la tiara habitual de la diosa; la coincidencia de estos atributos con la imagen representada en el medallón central puede sugerir que ésta última pueda considerarse una divinización de la domina, no tanto como Venus, sino de nuevo como Diana.