La diosa Ártemis se identificó con la divinidad lunar, Selene, a la par que su hermano Apolo se identificaba con Helios; por ello, ambos hermanos asimilaron la iconografía cósmica de estas divinidades primordiales y fueron representados dirigiendo los carros que portaban los astros y luciendo el tocado de rayos solares, en el caso de Apolo, y el creciente lunar en el caso de Ártemis/Diana. En el Himno Homérico a la Luna, se dice:
“De ella, de su cabeza inmortal, emana envolviendo a la tierra su resplandor, recogido en el cielo, y mucha es la belleza que surge al resplandor de su luz. Se ilumina el aire sin luces con una corona de oro, y sus rayos brillan como la luz del día cuando, tras haber bañado su hermoso cuerpo en el Océano, ataviada con vestes que brillan en la lejanía, la divina Luna, una vez que ha uncido sus espléndidos potros de poderosos cuellos, impulsa raudamente hacia adelante sus corceles de hermosas crines al atardecer, mediado el mes. Su gran círculo se llena. Es entonces cuando surgen los más brillantes rayos del creciente, y constituye la referencia y señal para los mortales” (Himno Homérico a la Luna, 3 y ss.)
El canto expone una primera parte descriptiva en la que se alaba la belleza de la diosa y, en especial, de su luz; al igual que en el Himno Homérico al Sol, el poeta concibe la luz como una emanación de la cabeza de la diosa, es decir, como un distintivo intrínseco de la divinidad, aunque también sus ropas “brillan en la lejanía”. Desde un punto de vista iconográfico, el arquetipo más representado es aquel en el que el astro corona a la diosa; este modelo tuvo, en el caso de Helios, un reflejo literario en el relato de Ovidio (Met. II, 40 y 122-125), donde el dios se despoja cada noche de la esfera solar. El periplo de Selene en torno a la bóveda celeste se produce del mismo modo que el de su hermano: la diosa emerge “tras haber bañado su hermoso cuerpo en el Océano”, es decir, desde los confines del mundo, ya que el mito suponía la existencia de una tierra plana circundada por una corriente limítrofe, el Océano. Asimismo, la diosa conduce, también, un carro tirado por caballos. Por último, se hace referencia al ciclo lunar cuando “...su gran círculo se llena” y, literalmente, se alude a la trascendencia de este ciclo “para los mortales”.
El curso mensual y su relación con los ciclos menstruales y de gestación hicieron de Selene una patrona de las mujeres y, específicamente, una diosa protectora en el difícil momento del parto. Esta atribución de Selene se puede relacionar con la temprana identificación con Ártemis. La diosa cazadora ayudó, nada más nacer, a su propia madre, Leto, a dar a luz a su hermano Apolo; de ella dependía el buen término del alumbramiento, pues se suponía que era también esta diosa quien enviaba a las mujeres el mal que provocaba la muerte durante el parto. Es probable que la asimilación de ambas deidades fuera debida, en gran parte, a esta vinculación relacionada con la gestación y el ciclo lunar. La iconografía de Selene se enriqueció mediante la asimilación con Ártemis y, desde muy temprano, la hermana del Apolo solar fue asociada al elemento lunar (GRIMAL, P. 1981: 53-54). La asimilación iconográfica de ambas diosas se desarrolló especialmente a partir del período helenístico; así, Ártemis se adornaba con el creciente lunar o bien Selene portaba el arco y las flechas propias de la diosa cazadora.
Este sincretismo tardío hizo a la diosa Ártemis/Diana protagonista de los amores de Selene con un joven pastor. De entre los mitos protagonizados por Selene, el que mayor desarrollo iconográfico tuvo fue éste que describía sus amores con el joven Endimión, hijo de Cálice y de Etlio, primer rey de la Élide e hijo, a su vez, de Zeus. Algunos autores consideraron a Endimión hijo del mismísimo Zeus; en cualquier caso, su filiación explica el especial favor que le concedería el Crónida. Se le atribuye una esposa con la que engendró varios hijos (Épeo, Peón, Etolo, Eurídice y Pisa) pero, según el mito que lo vincula a Selene, Endimión era un pastor del que se enamoró perdidamente la diosa. Ante las súplicas de Selene, Zeus le concedió un único deseo y Endimión optó por sumirse en un sueño perpetuo que lo conservara eternamente joven. Según otras versiones, Zeus le dispensó previamente el deseo y fue durante ese mágico letargo cuando Selene, abrumada por su belleza, se enamoró de él (GRIMAL, P. 1981: 155-156). Aunque el desarrollo mismo del mito contradice la estricta castidad de la hermana de Apolo, los amores con Endimión se atribuyeron posteriormente a la diosa cazadora; por el contrario, según el mito, Selene concibió de su amante a cincuenta hijas e, incluso, según ciertos autores, también a Naxo (GRIMAL, P. 1981: 475), héroe epónimo de la isla del Egeo (GRIMAL, P. 1981: 372).
El frente de este sarcófago muestra la escena del encuentro con Endimión. La diosa se apea de su carro, cuyos caballos son conducidos por un joven sirviente que podría representar a Héspero, el encargado de uncir los caballos de Helios. La diosa no porta ningún atributo iconográfico propio y, como único distintivo, cabe destacar el manto que hincha el viento sobre su cabeza a modo de “aura velificans” y que solía identificar a las diosas celestes, en este caso, relacionado con Selene.
Frente a la diosa, Endimión, recostado sobre una roca, se abandona al eterno sueño, regalo de Zeus. El artista ha representado este letargo mediante una figura masculina cuyo brazo derecho descansa, inerte, en la roca. A su lado, un erote anuncia el inminente encuentro amoroso. Por encima de Endimión, otra pequeña figura alada porta una antorcha que puede ser un símbolo de Selene, como luminaria, o bien un atributo propio de su asimilación con Hécate. La diosa lunar fue identificada también con otras deidades de vinculaciones ctónicas, como la propia Hécate y Perséfone; en el caso de la primera, aunque en origen fue una diosa de la benevolencia y la protección, terminó vinculada a Selene por su relación con los hechizos y los sortilegios mágicos (GRIMAL, P. 1981: 225). En este sarcófago, la antorcha que porta un erote parece aludir, de nuevo, a la presencia de Fósforo, o de Héspero, precediendo a la diosa. Finalmente, en el extremo izquierdo de este frontis, puede verse un árbol y una formación rocosa en la que descansa una pequeña ninfa, alusión a la presencia de una fuente o bien al entorno bucólico en el que se desarrolla la acción.
Los amores de Endimión y la diosa Selene/Diana, en lo que respecta a las representaciones iconográficas, muestran siempre el mágico adormecimiento del pastor. Este sueño eterno es el que relacionó esta escena mítica con la iconografía funeraria de los primeros siglos de nuestra era, ya que, de modo simbólico, se desea al difunto un perpetuo descanso tan placentero como el del joven pastor de la Élide (Véase al respecto Museo del Louvre:
http://cartelfr.louvre.fr/cartelfr/visite?srv=car_not_frame&idNotice=17182 ) Posteriormente, el nostálgico dramatismo de la escena daría lugar a múltiples reinterpretaciones y, en época renacentista y posterior, se impuso la representación de los amores de la diosa como símbolo del amor eterno encarnado en el mágico sueño del joven Endimión.