Fuentes primarias:
Higino, Fábulas XXX; Apolodoro, Biblioteca Mitotlógica II, 5, 3; Píndaro, Olímpicas, 3, 28 (50-53).
Descripción:
Esta bella ánfora de figuras negras muestra el tema de la cacería de la cierva de Cerinia, el tercero de los míticos trabajos de Heracles de acuerdo con el relato de Apolodoro (Bibl. Mit., II, 5, 3). Según el mito, Euristeo encargó a Heracles que le llevara a este animal maravilloso, dotado de una cornamenta de oro, que estaba especialmente consagrado a Ártemis por la pléyade Taigete (Píndaro, Olim., 3, 28 [53]); de hecho, se suponía que colgaba de su cuello un collar con la inscripción “Taigete me ha dedicado a Ártemis”. Se decía también que la diosa tenía un particular aprecio por este animal pues había sido una de las cinco ciervas —todas dotadas de la dorada cornamenta— que halló en el monte Liceo y que trató de uncir a su carro, aunque fue imposible domeñarla; por orden de Hera sólo pudo capturar a cuatro y la última se refugió en el monte Cerinia. Posteriormente, Taigete consagró a esta cierva a Ártemis tras haber sido protegida por la diosa de las pretensiones de Zeus (GRIMAL, P. 1981: 244, 489). Heracles hubo de esforzarse en su captura pues el animal era extremadamente rápido y escapaba al alcance de sus flechas; su huída se prolongó por Arcadia, donde se refugio en el monte Artemisio, y la persecución duró todo un año, hasta que el héroe logró capturarla cuando se disponía a cruzar el río Ladón (Apolodoro, Bibl. Mit., II, 5, 3). Píndaro afirma que Heracles llegó en su persecución hasta el país de los hiperbóreos, a las tierras inexploradas situadas más al norte (Olim., 3, 28 [50]).
Temeroso de la venganza de la diosa, Heracles se esforzó en no derramar una sóla gota de su sangre y, tras herirla levemente, la inmovilizó para poder llevarla viva hasta Micenas. La presencia de Ártemis en esta escena se explica, no sólo por la explícita protección de este animal y otros de su especie, a los que suele aparecer asociada, sino porque el mito narra también cómo Ártemis se presentó ante Heracles —según Apolodoro, acompañada de su hermano Apolo (Bibl. Mit., II, 5, 3)— reprochándole la captura, pero el héroe le relató las circunstancias de su hazaña y que respondía a los designios de Euristeo, con lo que aplacó su ira.
En la representación se muestra el momento en el que Heracles, durante la captura, rompe accidentalmente uno de los cuernos de la cierva, precisamente en presencia de la diosa Ártemis. Esta imagen de la lucha del héroe da lugar a la representación de la justificada recriminación de la diosa, que extiende su mano izquierda como pidiendo explicaciones a Heracles; para completar la composición, se ha representado a Atenea quien, como en otros trabajos, presta su protección al héroe. Desde el punto de vista iconográfico, los tres implicados en la acción están perfectamente identificados. La magnífica figura central de Heracles se cubre con la piel del león de Nemea, cuyas pezuñas penden a ambos lados de sus piernas. No va armado, pues emplea únicamente sus manos en sujetar la cornamenta de la cierva; la escena no se ajusta, por tanto, al mito ya que el héroe no utiliza su arco, no obstante, esta visión resulta mucho más dinámica pues permite al artista representar la lucha entre el hombre y el bellísimo animal que centra la escena. A espaldas de Heracles, Atenea viste una larga túnica, ajustada con un cinturón, porta una espada en su mano izquierda y está tocada con un bello casco con cimera.
Frente al héroe, la diosa Ártemis se muestra con idéntica indumentaria, una túnica talar ribeteada, y sujeta su larga cabellera con una finísima cinta; con la mano derecha sostiene el arco que constituye su principal atributo iconográfico. Este arquetipo ejemplifica la visión arcaica de la diosa, en consonancia con la representación inicial de la divinidad en la pintura cerámica que muestra, en este caso, dos diosas representadas como mujeres adultas, de rígida compostura y ataviadas con largas túnicas. Esta indumentaria, posteriormente, sería sustituída en el caso de Ártemis por la túnica corta propia de la incesante actividad de la diosa cazadora.