Descripción:
Dibujo en espejo de bronce. Ca. 350 a. C.
Afrodita con Eros. Ella está desnuda, excepto en los pies, calzados con botines de cuero. Un manto detrás –sobre el que parece estar sentada- no oculta ninguna parte de su bello cuerpo, que muestra totalmente. Se apoya en una roca, quizás sentándose en ella. La cabeza, casi por completo de perfil, está inclinada mirando abajo, hacia Eros. Su expresión es seria, casi melancólica.El cabello revuelto, despeinado, sin adorno ninguno. Aquí el erotismo y la sensualidad que respira la imagen de Afrodita son dados (al contrario de lo habitual) por la sencillez y la naturalidad, no por el ornato artificioso.
En cuanto a Eros, está a punto de disparar una flecha de su arco. De rodillas sobre la roca, apoyado en Afrodita, ella al parecer le está enseñando su manejo, o bien le indica qué flecha debe lanzar. El alado Eros aquí es un niño –como en la ficha “Afrodita madre, amamantando a Eros”, entre otras- y no un adolescente, como suele ser representado en época más antigua, según nos muestra por ejemplo la ficha “Nacimiento de Afrodita emergiendo del mar”.
Dos cuestiones destacan aquí con especial interés: en primer lugar, la desnudez de la diosa: en la época arcaica y principios de la clásica Afrodita no suele aparecer desnuda, como tampoco las demás diosas (ni otros personajes femeninos, excepto en casos especiales, como Casandra al ser violada, o las heteras y prostitutas), y es característico en ella el uso de hermosos, ricos y adornados ropajes, así como toda clase de joyas: corona, collares, pendientes, pulseras. Pero ya desde s. IV y III a. C. –a partir de la famosa estatua de la Afrodita Cnidia de Praxíteles (véase ficha “Afrodita o Venus de Fréjus"), del tipo “Venus púdica”, que, por otro lado, ya estaba documentado en el s.VII- predominan las representaciones de Afrodita desnuda o semidesnuda. Sin embargo, en la época más antigua, las imágenes de la Edad de Bronce y del período Geométrico sí mostraban la desnudez de mujeres tanto como de hombres -al igual que en el arte oriental-, transformándose ya en el principio del arte arcaico (desde el s. VII a. C.), con el hábito de cubrir a las mujeres, pero a los hombres no, generalmente.
Por otra parte, es relevante el motivo del arco y flechas de Eros y de Afrodita. Deteniéndonos ahora en la imagen de Eros (véanse fichas “Nacimiento de Afrodita emergiendo del mar”, “Afrodita madre, amamantando a Eros” , "Erostasia", “Afrodita y Ares. Gigantomaquia”, “Afrodita y Adonis, abrazados” probablemente,“Afrodita y Adonis, con Eros", “El juicio de Paris”, "Afrodita inspiradora del amor: uniendo a Paris y Helena” y “Afrodita con Eros y Zeus contemplan la seducción de Leda"), las alas son su atributo principal y más característico. Las alas significan el tránsito, de un mundo a otro. Así, son alados los espíritus de muertos (como también la Muerte –Tánato- y el Sueño –Hipno-), y los astros o sus carros, que nos trasladan de la noche al día y a la inversa. Y alados también son los mensajeros de los dioses (ángeloi), como Iris y Hermes, que transmiten sus órdenes del cielo a la tierra. En cuanto a Eros, personificación del amor, del deseo, conduce -o más bien arrebata el alma- de la "cordura" a la "locura" amorosa. También simbolizan las alas, por otra parte, la rapidez, la fugacidad.
La imagen más antigua de Eros es la de un adolescente (véanse fichas “Nacimiento de Afrodita emergiendo del mar”, “Afrodita y Adonis, con Eros” -especialmente el paralelo iconográfico-, “Afrodita inspiradora del amor: uniendo a Paris y Helena”), siendo belleza y juventud rasgos característicos de él, frecuentemente mencionados por los poetas. Pero después sería la de un niño, principalmente a partir de la época helenística, cuando además se hace tópica su condición de hijo de Afrodita. Respecto a su tamaño, a menudo es representado muy pequeño, a modo de pájaro o ave (que revolotea en torno a Afrodita o se posa en ella), aunque otras veces en proporciones normales propias de un joven o un niño.
Asimismo desde la época helenística se hace tópico su uso del arco y flechas, aunque también antes las utiliza a veces -él y Afrodita-, como vemos en textos de Eurípides (sobre todo en Hipólito 530-2, Medea 530-1, Troyanas 255, Ifigenia en Áulide 547-9) y en algunas representaciones artísticas.
En todo caso, su papel como dios que infunde el amor (sea o no hijo de Afrodita) es el fundamental y habitual, apareciendo ya de manera muy relevante en los poetas líricos. Por ejemplo, dice Safo de Lesbos (poetisa de la lírica monódica, de s. VII-VI a. C.):
De nuevo Eros que desata los miembros me hace estremecerme, esa pequeña bestia dulce y amarga, contra la que no hay quien se defienda
(frgm. 130 V. Trad. Adrados)
Y Anacreonte de Teos (poeta de la lírica monódica, del s. VI a. C.), entre otros pasajes:
Echándome de nuevo su pelota de púrpura / Eros de cabellera dorada / me invita a compartir el juego / con la muchacha de sandalias de colores [...] (frgm. 5 D)
Remonto ahora mi vuelo hacia el Olimpo con alas ligeras / para quejarme de Eros. Pues no quiere el niño compartir su juventud conmigo (frgm. 52 D)
Eros, que al ver que mi barba encanece, / entre brisas de sus alas de reflejos de oro / me pasa de largo volando (frgm. 34 D)
De nuevo Eros me golpeó como un herrero con su enorme / hacha, y me puso a lavar en un tempestuoso torrente (frgm. 45 D)
(Trad. García Gual)
E Íbico de Regio (poeta de la lírica coral, del s. VI a. C.):
Eros, de nuevo, bajo sus párpados azuloscuro, / me examina con ojos de lánguido mirar, / y con toda clase de hechizos / a las inmensas redes de Cipris me lanza. / En verdad que tiemblo al verlo cerca [....] (Trad. García Gual)
También los poetas trágicos (del s. V a. C.), como Sófocles (en Antígona 781-800, el célebre estásimo [canto coral]):
Estrofa: Eros, invencible en las batallas, Eros, que te abalanzas sobre nuestros animales, que estás apostado en las delicadas mejillas de las doncellas [...] Y nadie, ni entre los inmortales ni entre los perecederos hombres, es capaz de rehuirte, y el que te posee está fuera de sí.
Antístrofa: Tú arrastras las mentes de los justos al camino de la injusticia para su ruina [...] Pues la divina Afrodita de todo se burla invencible.
(Trad. A. Alamillo)
Y principalmente Eurípides, que hace significativas menciones de Eros. Así, en Hipólito 525-64 y 1270ss., Medea 530ss., Troyanas 840ss., Ifigenia en Áulide 543ss. Veamos este último pasaje, de un estásimo o canto coral:
¡Felices los que con moderada pasión y con castidad participan de las uniones de Afrodita, gozando en la calma de sus enloquecedores aguijones, cuando Eros, el de áurea melena, dispara las flechas de sus gracias, flechas de dos tipos: la una da una venturosa existencia, la otra trastorna la vida. Rechazo a ésta, bellísima Cipris, lejos de mi tálamo! ... (Ifigenia en Áulide 543ss. Trad. García Gual)
También en la tragedia de Eurípides, Medea: Jasón, tras abandonarla, cínico, se justifica quitando importancia a lo mucho que él le debe a ella (vv. 526ss.) atribuyendo el mérito al poder de Afrodita y de Eros:
En lo que a mí se refiere, puesto que exaltas en demasía tus favores, considero que Cipris fue, en la travesía, mi única salvadora entre los dioses y los hombres. Tu espíritu es sutil, qué duda cabe, pero te es odioso declarar que Eros te obligó, con sus dardos inevitables, a salvar mi persona
(Trad. Medina González)
Todos estos importantes textos de época arcaica o clásica nos describen muy expresivamente a Eros, y dejan claro su carácter y sus funciones, así como nos lo suelen presentar en estrecha asociación con Afrodita, por una parte, y, por otra, armado de arco y flechas, con las que dispara al corazón. Con esta imagen, de manera especialmente clara y marcada, aparece en Las Argonáuticas de Apolonio de Rodas (poema épico de época helenística, del s. III a. C): en un bello pasaje Eros –por mandato de Afrodita, su madre- dispara una flecha a Medea, que se enamora de manera apasionada e irremediable de Jasón (canto 3, vv. 127-290):
Cipris se detuvo delante de su hijo, y al punto cogiéndolo por la barbilla le dijo: [...] “¡Ea! Cúmpleme de buen grado el favor que yo te diga; y te regalaré un precioso juguete de Zeus [...] Mas tú hechiza a la doncella de Eetes [Medea] flechándola de amor por Jasón” [...]
Eros, a través del aire claro, llegó invisible, excitado [...] Tendió su arco y de la aljaba sacó un dardo nuevo, portador de muchos lamentos. De allí con sus ágiles pies, inadvertido cruzó el umbral con sus ojos penetrantes. Pequeño, agazapado bajo el propio Esónida [Jasón], encajó las muescas en medio de la cuerda y, tensándola con ambas manos, disparó derecho sobre Medea. Un estupor dominó el ánimo de ésta. Y él, retirándose del salón de elevada techumbre, voló entre risas. Mas la flecha ardía dentro del corazón de la joven, semejante a una llama. De frente lanzaba sin cesar sobre el Esónida los destellos de su mirada; y su prudente razón le era arrebatada del pecho por la zozobra. Ningún otro pensamiento tenía y su alma se inundaba de un dulce dolor. (Trad. Valverde Sánchez)