Fuentes primarias:
Ovidio, Metamorfosis, I, 567-748
Descripción:
En esta obra Velázquez reinterpreta el mito de Hermes Argifonte. La escena transmite una inquietante tranquilidad que contrasta con el tema representado: el preciso instante en el que Mercurio se dispone a decapitar a Argos. La figura del gigante arcadio domina la escena, descuidadamente dormido sobre las rocas, en una disposición que recuerda vagamente al Galo Moribundo del Museo Capitolino (GÁLLEGO, J. 1990: P. 439) y que se adapta perfectamente al peculiar formato longitudinal de la pintura. Argos semeja un hombre indefenso en su sueño, los cien ojos que le atribuyera el mito han desaparecido para inspirar una cotidianeidad que parece querer destacar el autor y que evoca una escena campestre.
Mercurio se cubre con un pétasos alado y una clámide, de intenso rojo, que centra la composición; arrodillado frente a Argos, el dios desenvaina cuidadosamente la espada con la que asestará el golpe definitivo. La siringa, con la que ha dormido al gigante, según el relato de Ovidio (Ovidio, Metamorfosis, I, 681-687), reposa a sus pies; en la interpretación de este mismo tema realizada por Rubens y también conservada en el Museo del Prado (Figura B), Mercurio sujeta aún con su mano izquierda el instrumento musical pero, en este caso, se trata de una chirimía, en contrate con el fiel reflejo del mito plasmado por Velázquez.
A espaldas de Mercurio, la vaca Ío completa el relato del mito, aludiendo a la causa principal de la desgracia de Argos: la custodia de una amante de Zeus. La caracterización de los protagonistas destaca por la cercanía y por lo cotidiano de su aspecto. Al igual que en su representación de Marte, Velázquez humaniza a este Hermes que semeja, sencillamente, un hombre que se mueve con cautela para no despertar a su enemigo. Es esta una característica común a las obras de temática mitológica del autor, que logra situar en el entorno cotidiano los relatos míticos, despojando a los dioses de las idealizadas anatomías clásicas y de las actitudes heroicas. Del mismo modo que los atributos de su Marte semejan un disfraz, este Hermes figura un hombre asustado ante su enemigo, temeroso de que se despierte ya que se dispone a atacarlo a traición. De no ser por los atributos iconográficos portados por Hermes, la escena podía representar el asalto a un simple pastor.
En lo que se refiere a la composición de la obra, Velázquez escoge ese momento de cautela y silencio que precede al crimen; contrasta esta concepción de la escena con la interpretación de Rubens (Figura B), que prefiere representar el momento preciso en el que Hermes descarga su espada sobre el hombre dormido, dotando a la escena de un mayor movimiento que carece, no obstante, de la tensión que transmite la obra de Velázquez. Rubens interpretó este tema en diversas ocasiones; el cuadro conservado en Dresde (Figura C) plasma precisamente el instante anterior a la muerte de Argos, mientras Mercurio hacer sonar aún la chirimía con la que el pintor sustituye la tradicional siringa. Esta versión de Rubens posee un mayor sentido narrativo, ya que representa, al igual que Velázquez, al joven dios desenvainando ya su espada; sin embargo, la cercanía del plano en el que se desarrolla la acción en la obra del pintor sevillano, así como la sencillez y cotidianeidad de sus personajes, acrecienta, como ya se ha destacado, la tensión de la escena por encima del sentido narrativo presente en la obra de Rubens.
Observaciones:
Las medidas originales del cuadro eran 83,5 x 250 cms. pero, tras resultar dañado en el incendio de 1734, se le añadieron unas bandas, en la zona superior e inferior. Estuvo destinado a la decoración del Salón de los Espejos del Alcázar de Madrid, junto con otras obras de temática mitológica, ubicado por encima del vano de una ventana, lo que explica el formato longitudinal de la obra.
Museo del Prado: inv. nº 1175.