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Objeto Digital 328
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Identificador:
 328
Nombre:
Hermes/Mercurio
Dioses
Dioses Olimpicos:
 
Hermes/Mercurio
Nombre:
 
Hermes/Mercurio
Tema:
 
Hermes Argifonte
Atributos iconográficos:
 
Pétasos, sandalias aladas, clámide
Autor:
 
Atribuido al Pintor de Argos
Escuela:
 
Ática
Período/Cronología:
 
500 – 450 a.C.
Soporte y técnica:
 
Cerámica pintada. Stamnos de figuras rojas
Localización (Institución, Colección):
 
Viena, Kunsthistorisches Museum
Fuentes primarias:
 
Ovidio, Metamorfosis, I, 567-748; Homero, Odisea, XXIV, 1
Descripción:
 
Este stamnos representa el episodio de la muerte de Argos y figura el enfrentamiento a la manera heroica. La principal intervención de Hermes en un relato mítico se desarrolla en torno a la leyenda de Ío, doncella argiva amante de Zeus. Para protegerla de los celos de Hera, el dios la convirtió en una vaca a quien solía unirse metamorfoseado en toro; pero, a pesar de la previsión de Zeus, Hera logró descubrir la treta de su esposo y puso a Ío bajo la custodia de Argos Panoptes. Éste fue un gigante, dotado de cien ojos, que había liberado Arcadia de los diferentes monstruos que la asolaban, entre ellos Equidna, hija de Tártaro, y cuya trayectoria heroica podría ponerse en paralelo con Heracles, ya que vestía la piel de un toro que había devastado Arcadia hasta que Argos liberó a sus habitantes del atroz animal; asimismo, en ciertas representaciones aparece armado con una maza. Este gigante, servidor de Hera, se perfila como el vigilante ideal, ya que nunca dormía con sus cien ojos cerrados, sino que tan sólo cerraba cincuenta de ellos. Pero Zeus, harto de la férrea atención del gigante, encomendó a Hermes que liberara a Ío. El dios asesinó al gigante cortándole la cabeza, lo que le valdría el epíteto de Argifontes. Son varias las versiones sobre la muerte de Argos; según unas, el dios empleó simplemente una piedra, según otras durmió los cincuenta ojos vigilantes de Argos bien con la siringa, instrumento de su invención, o bien con el caduceo, la vara mágica del heraldo con la que “aduerme a los hombres los ojos si él lo quiere” (Homero, Odisea, XXIV, 1). El desafío entre el joven y el gigante vencido por la inteligencia del más débil, que se enfrenta en la distancia y abate al coloso de una pedrada, es el mismo tema desarrollado en el relato de David y Goliat; esta versión, en el caso de Argos Panoptes, fue relegada por aquéllas en las que Hermes hacía uso bien de los poderes mágicos de su principal emblema, el caduceo, o bien del poder órfico de la música, durmiendo a su enemigo gracias a la siringa. Esta última sería la versión difundida por Ovidio en sus Metamorfosis, aunque también documenta el empleo del caduceo, ungüentada vara, para afirmar su sopor: “Se sienta el Atlantíada, y al que se marchaba, de muchas cosas hablando / detuvo con su discurso, al día, y cantando con sus unidas / cañas vencer sus vigilantes luces intenta. / Él, aun así, pugna por vencer sobre los blandos sueños / y aunque el sopor en parte de sus ojos se ha alojado, / en parte, aun así, vigila...” (Ovidio, Metamorfosis, I, 681-687). “Tales cosas cuando iba a decir ve el Cilenio que todos / los ojos se habían postrado, y cubiertas sus luces por el sueño. / Apaga al instante su voz y afirma su sopor, / sus lánguidas luces acariciando con la ungüentada vara. / Y, sin demora, con su falcada espada mientras cabeceaba le hiere / por donde al cuello es confín la cabeza, y de su roca, cruento, / abajo lo lanza, y mancha con su sangre la acantilada peña.” (Ovidio, Metamorfosis, I, 712-718). A la muerte del gigante, Hera colocó sus cien ojos en las plumas del animal especialmente consagrado a ella, el pavo real, e Ío inició un peregrinaje que la llevaría hasta Egipto, donde se identificaría con Isis.

El artista muestra a Argos, desnudo y sin rasgo alguno de gigantismo, con los cien ojos que le atribuía el mito distribuidos por todo su cuerpo, exceptuando el abdomen, donde se esboza la musculatura. El rostro del gigante está enmarcado por una cabellera recogida y una abundante y larga barba que Hermes aprovecha para sujetarlo, en un gesto de humillación que sugiere la inminente derrota.
Hermes es un dios adulto, barbado y de larga cabellera que cae sobre sus hombros en estilizados tirabuzones; luce el pétasos y de sus sandalias surgen dos alas curvadas, al estilo orientalizante, mientras se cubre con una clámide ribeteada. Con su mano izquierda sujeta a Argos y con la diestra empuña la espada con la que se dispone a asestar el golpe mortal. La escena, por tanto, presenta a Hermes identificado como heraldo de los dioses, con clámide, pétasos y sandalias aladas, ya que este episodio es fruto de un encargo de Zeus. No obstante, su labor, violenta, dista mucho de sus funciones como heraldo, motivo por el que se sustituye el caduceo por la espada.
La escena se inspira en la tradicional iconografía de las monomaquias troyanas, combates singulares entre los héroes; en esta tipología, los artistas recurren a diversas técnicas para sugerir quién será el vencedor. Es habitual que, aún antes de recibir la estocada mortal, el vencido aparezca ya tendido a los pies de su enemigo, sin alzar siquiera sus armas. Un paralelo interesante es la cratera de volutas de figuras rojas conservada en el Museo Británico (Figura B), que representa el enfrentamiento entre Aquiles y Héctor; este último, ya herido, está a punto de caer en tierra, con su lanza simbólicamente dirigida hacia el suelo, mientras Aquiles se dispone a asestar el golpe definitivo en una postura de ataque muy similar a la de Hermes en esta pieza del Museo de Viena.
Argos no sólo aparece vencido, sino que, además, no está armado, circunstancia que recuerda la formulación tradicional del mito, en la que el gigante es atacado mientras duerme. La escena se completa con la presencia de Ío que, en su serenidad, sirve como fondo contrastado del enfrentamiento que se produce en primer plano. Frente a ella, Zeus, sentado, extiende su mano en actitud de acariciar a la que fuera su amante. Esta relación entre el animal y Zeus concluye la representación del mito desde el punto de vista semántico, ya que constituye una sutil referencia a los amores del esposo de Hera con la joven Ío y, por tanto, justifica el asesinato de Argos que tendría que resolver Hermes.
Observaciones:
 
Archivo Beazley nº 202608. Procedente de Cerveteri, Etruria. Kunsthistorisches Museum: inv. nº 3729.
Autor de la ficha:
 
Mª Amparo Arroyo de la Fuente
Objeto Digital 328
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