Descripción:
La religión etrusca presenta una gran complejidad que incorpora determinados genios o potencias divinas, así como divinidades con atribuciones muy determinadas dentro del panteón. A pesar de la personalidad independiente de estas divinidades, a partir del siglo VII a.C., se produjo una helenización de las mismas que llevaría a la asimilación de ciertos mitos, entre ellos el de Heracles, y a la identificación de los dioses etruscos con las grandes divinidades griegas. Así la triada compuesta por Tinia, Uni y Menrva se identificaría con Zeus, Hera y Atenea y daría lugar, en el ámbito romano, a la denominada Triada Capitolina (Júpiter, Juno y Minerva); de hecho, la tradición atribuía a la casa real de los Tarquinios la introducción en Roma de estas divinidades y, según Plinio el Viejo (Historia Natural, XXXIII, 7, 36), el Júpiter Capitolino, de terracota, fue obra de un artista etrusco, Vulca, a quien también se supone autor de las esculturas del Templo del Portonaccio en Veyes (ELVIRA, M.A. y BLANCO, A. 1989: 44-47).
Hermes fue asimilado a un dios etrusco, Turms, que asumiría muchos de los rasgos iconográficos de la divinidad griega. Turms fue considerado un mensajero o un intermediario entre los hombres y el dios de ultratumba, más tarde asimilado a Hades y denominado Aitas. Desde el punto de vista mítico, el principal punto de conexión entre Hermes y Turms fue su capacidad como psicopompos. Turms, mensajero de Aitas, podía a veces confundirse con él y ser denominado Turms-Aitas. El soberano del Más Allá etrusco portaba, en ocasiones, un cetro con una serpiente enrollada; asimismo, Charun, que sería identificado con el Caronte heleno, era una especie de guardián del inframundo caracterizado por portar un enorme martillo y sujetar varias sierpes entre sus manos. En Etruria, Turms asumió también las atribuciones de Charun, que solía aparecer como un ser alado.
La iconografía tradicional de Turms mostraba a un efebo (en época muy temprana fue un dios barbado) tocado con el pétasos, en ocasiones alado, con las sandalias también aladas y portando un caduceo que llevaba aparejadas dos sierpes. Esta es la iconografía que caracteriza una figura conservada en el Museo del Louvre (Figura B), así como su representación en una placa de terracota pintada, procedente de la necrópolis de Banditaccia en Cerveteri y conservada en el mismo Museo (Figura C). En esta última, Turms es representado como un ser alado que calza unas altas botas adornadas con alas y porta en sus brazos a Alcestis, rescatada del Hades por Heracles, quien precede a Turms en esta escena. En Etruria, con anterioridad a la helenización de las divinidades autóctonas, el dios Turms era un psicopompo vinculado con el mundo de ultratumba y apartado de otras funciones del Hermes griego relativas a la protección de los caminos o de los comerciantes.
En cuanto a esta cabeza de Hermes-Turms, los rasgos remiten a la plástica helena característica de los kouroi: los grandes ojos almendrados y enmarcados por la línea de las cejas, así como la característica sonrisa. El rostro recuerda también el de una herma datada en el siglo VI a.C. (Véase ficha ‘Herma arcaica’), ya que este Hermes de Veyes luce un peinado muy similar que enmarca el rostro entre pequeños rizos, destacándose las largas trenzas que caen sobre los hombros del dios. Como único atributo iconográfico, cabe destacar el tocado, un pilos, acorde con las funciones funerarias del dios. Aunque la estética es propia de la escultura arcaica griega, sorprende el movimiento de las esculturas de Apolo y Heracles. El desequilibrio de las figuras, lanzadas hacia el frente y apoyando su peso en una de las piernas, difiere del estatismo y la frontalidad de los kouroi, cuyas proporciones anatómicas conservan. Esta particularidad se ha atribuido, tradicionalmente, al genio del artista etrusco mejor conocido, Vulca de Veyes, citado por Plinio el Viejo como autor del Júpiter Capitolino:
“...Vulca de Veii, con el que Tarquinio hizo la compra de la figura de Júpiter que debía ser consagrada en el Capitolio; éste era de arcilla y por esta misma razón se tenía la costumbre de pintarlo de minio”. (Plinio, Historia Natural, XXXV, 12, 46).
En cualquier caso, fuesen o no obra de este artista etrusco, las esculturas de Veyes denotan una destreza propia de un gran maestro, y muestran ya la vitalidad y el dinamismo que caracterizaría al arte etrusco. En lo referente a este Hermes-Turms, su inclusión en este importante grupo escultórico subraya su creciente relevancia en Etruria y denota la evolución de Turms, no sólo como psicopompo sino también como heraldo y mediador en los conflictos.
Observaciones:
El Templo del Portonaccio en Veyes estuvo decorado con antefijas en las que se representaron cabezas de gorgonas y, sobre el columen o viga mayor, todo un grupo escultórico que figuraba el enfrentamiento entre Apolo (Apulu etrusco) y Heracles (Hercle) por una cierva que éste último sujeta bajo sus pies; además, se conservan restos de una mujer que porta en sus brazos a un niño, cuya identificación es muy difícil, y esta cabeza de Hermes-Turms que, según se ha supuesto, actuaría como pacificador entre Apolo y Heracles. Desde el punto de vista artístico, el estilo jónico ya se hace patente en las esculturas de Veyes. A partir de mediados del siglo VI a.C., huyendo de los persas dirigidos por Ciro, los jonios se dispersaron por todo el Mediterráneo importando nuevos tipos iconográficos así como el particular y abigarrado estilo que los caracterizaba; esta influencia se haría sentir en la denominada escultura jonizante etrusca, en la que se integran las esculturas de Veyes. En este sentido, cabe destacar las palmetas en las que se apoyan Heracles y Apolo, así como los caprichosos pliegues de la túnica que luce este último.