Descripción:
El tema del descenso de Eneas al inframundo narrado en el libro VI de la Eneida fue reinterpretado por Jan Brueghel el Joven inspirado en las obras de su padre, Jan Brueghel el Viejo. Este tema fue producido en diversas ocasiones en el taller de los Brueghel pero, en todos los casos, se aprecia un absoluto protagonismo del entorno en contraste con las figuras de la Sibila y de Eneas, quienes se adentran temerosos en un abrumador infierno de tonalidades muy contrastadas. Aunque en el relato virgiliano es la Sibila quien guía a Eneas por el inframundo, en esta obra el héroe troyano toma la iniciativa por el difícil sendero, caminando delante de la mujer, que parece guarecerse a su espalda. Ésta luce un vestido de tonalidades verdosas que deja al descubierto sus pechos, sujeto a su cuello con una leve cadena dorada y ceñido con un cinturón; en su caminar, la mujer muestra también una de sus piernas con evidente sensualidad. Por su parte, Eneas está ataviado con una elegante armadura de un azul metálico sobre una túnica dorada que combina con unas delicadas botas y se cubre con un manto violáceo; lleva su espada desenvainada, tal y como se describe en el relato virgiliano (Eneida, VI, 290-291) y sostiene con la mano izquierda la rama dorada que le ha facilitado el acceso al inframundo.
La representación de este terrorífico abismo que inició Brueghel el Viejo, sin duda, presenta influencias de las personales visiones de El Bosco, particularmente en lo que respecta a los seres híbridos y a los demonios de diversas morfologías que pueblan este aterrador paisaje. Estos extraños seres, si bien no se ajustan a la descripción virgiliana, sí evocan el encuentro con ”los centauros, las Escilas biformes, Briáreo, el gigante de cien brazos, la hidra de Lerna, de silbidos horribles, la Quimera, arbolada de llamas, las Gorgonas, las Harpías, y la traza de sombra con tres cuerpos...” (Eneida, VI, 287-290).
La pintura no muestra, por tanto, el inframundo clásico descrito por Virgilio, similar a la imagen homérica del visitado por Odiseo, sino que presenta una visión infernal de tradición cristiana donde se vislumbran grandes hogueras y hornos a los que se dirigen los condenados, en su mayoría, desnudos y diseminados a lo largo del tétrico paisaje. Por otra parte, son evidentes las referencias moralizantes, particularmente en el lado derecho de cuadro, por el que se ve desfilar a varias damas ataviadas de gala en dirección a uno de los hornos. El horror reflejado en esta obra responde también al horror, más conceptual, que describiera el poeta romano:
”Enfrente del vestíbulo, al entrar en la misma hoz del Orco, el Dolor ha plantado su cubil y los Remordimientos vengadores y los pálidos Morbos y la triste Vejez. Allí el Miedo y el Hambre, maligna consejera, y la odiosa Pobreza, espantosas de ver, y la Muerte y la Pena” (Eneida, VI, 273-277)