Descripción:
Pieter Lastman representa el encuentro entre Odiseo/Ulises y Nausícaa, princesa de la corte de los feacios. Cuando la nave del héroe zozobra, Odiseo/Ulises llega a la tierra de los feacios solo, sin sus compañeros de viaje y batalla; ha perdido todas sus posesiones, incluidos sus ropajes. El griego despierta aturdido en medio de un vergel, desorientado, hasta que escucha las risas de unas doncellas que estaban jugando en la ribera del rio. Cubriéndose con ramas, ruega a las presentes que le presten ayuda luego de relatarle las desventuras desde que salió de Troya: las criadas de Nausícaa huyen despavoridas, mientras que la princesa se apiada del héroe y decide llevarlo al palacio.
La composición refleja el gusto de la época, se trata de sorprender al espectador con una escena de gran teatralidad, favorecida por las grandes diagonales que forman el grupo de las criadas y por la trazada entre el héroe y la princesa. El episodio transcurre a la orilla del rio, ya que es posible observar caracolas en el ángulo inferior izquierdo, con el bosque de trasfondo. En primer plano aparece Odiseo/Ulises casi de espaldas, desnudo, cubriendo su cuerpo parcialmente con la vegetación que ha encontrado al despertarse. De rodillas y en actitud de estar suplicando con los brazos abiertos, mostrando las palmas, dirige su mirada a Nausícaa. El artista ha representado al héroe como un hombre maduro, de musculatura desarrollada, que recuerda al Hércules Farnese, prototipo estatuario muy difundido en la época. La princesa, desplazada hacia la izquierda, se erige como el centro focal de la imagen: viste ricos ropajes de seda y terciopelo bordados en tonos ocres, dejando su pecho al descubierto, quizá para recordar al espectador que tanto ella como sus doncellas acababan de lavar sus ropajes y bañarse, ya que así se lo había ordenado la diosa Atenea/Minerva en un sueño. Nausícaa se manifiesta casi como una epifanía ante el griego, extiende los brazos y su bello rostro parece aceptar los ruegos de Odiseo/Ulises. Su collar y pendientes de perlas dan cuenta de la riqueza de su corte. Entre ambos y conformado una diagonal tangente, se disponen los alimentos que estaban disfrutando las féminas antes de ser sorprendidas por el héroe, el cual constituye un verdadero bodegón: sobre una manta rosada, se extiende una bandeja de mimbre y platos metálicos con hogazas de pan, carne de aves, uvas, naranjas, frutos secos, melón, etc. Un gran vaso dorado se dispone de forma oblicua sobre los alimentos para generar aún más dinamismo. Un gran cofre presenta en la cubierta la firma del artista y la fecha de ejecución de la obra. Un pequeño perro ladra alertando de la presencia del extraño, símbolo habitual de la castidad y fidelidad de las doncellas.
En un segundo plano, las criadas se apresuran a cobijarse en el carro tirado por caballos que había preparado el padre de Nausícaa, Alcínoo, para cumplir con los deseos de su hija. Canastos de mimbre llenos de prendas son cargados rápidamente mientras que las doncellas – algunas semidesnudas – levantan los brazos y abren la boca en señal de alerta y terror hacia el desconocido. Envueltas en ricos y coloridos paños, tocadas con turbantes, coronas de flores y sombreros, son protegidas de los rayos del astro rey por un parasol, muy del gusto de la época y que no debía faltar entre los accesorios de aquellas que gustaban pasear al aire libre, ya que la piel nívea era considerada un signo de status. El dramatismo que impregna las figuras de este grupo contrasta con la serenidad del primero.
El encuentro entre Odiseo/Ulises y Nausícaa ya fue recogido por la pintura vascular griega en época clásica, representando el relato homérico con el héroe desnudo, flexionando las rodillas y los brazos en actitud de súplica (British Museum 1867,0508.1132; Munich Staatliche Antikensammlungen 8957437815; MFA Boston 04.18 a-b). La pintura barroca retomó el gusto por el tema, ya que ofrecía la oportunidad perfecta para plasmar el dramatismo del encuentro, acentuando la tensión con composiciones diagonales y rico colorido, incluyendo desnudos – a veces el de Nausícaa y otras, el de Ulises. Muy similar a la obra de Lastman, el lienzo de Michele Desubleo (1601-1676) confronta el desnudo de Odiseo/Ulises con la riqueza del atuendo de la princesa, que forman una leve diagonal. Nausícaa aparece sedente sobre las rocas del paisaje, como si de un verdadero trono se tratatara, rodeada de criadas que apenas expresan sorpresa (Museo di Capodimonte, inv. SG80). Una variante del tema se observa en el óleo del florentino Francesco Montelatici (conocido como Cecco Bravo), quien recoge el momento en el que el rey Alcínoo y la reina Arete ofrecen a su hija Nausícaa en matrimonio al héroe griego (Galerie Canesso). La composición en forma de “V”, formada por el cuerpo desnudo de la princesa y Ulises, cubierto por un manto púrpura con armiño, repite fórmulas ya explicadas anteriormente.