Localización (Institución, Colección):
Madrid, Museo Arqueológico Nacional, n. 2004/95/1
Fuentes primarias:
Plutarco, Cuestiones conviviales,9
Platón, República, 617b
Descripción:
"(...) cuando después de la muerte [las almas] se convierten en errantes, las sirenas las inspiran con el amor de lo que es celestial y divino, al mismo tiempo que les dan el olvido de las miserias mortales. Las mantienen, las encantan y las consuelan; y estas almas, por gratitud, las siguen y se unen a ellas. Aquí en la tierra nos llega a nosotros un eco debilitado de esta música... “ (Plut., Quaest. Conv., 9, 14, 6, 745 D e y F.).
Las creencias sobre la inmortalidad del alma se difundieron en el mundo griego postclásico; con tal concepción escatológica, las sirenas se convirtieron en verdaderas “Musas del Allende”, salvadoras de almas y consuelo vigilante de los difuntos en el Más Allá. En el siglo IV a.C., la difusión de las ideas pitagóricas sobre la armonía cósmica y el pensamiento platónico, convirtieron a las sirenas en seres celestiales, psicopompos y apotropaicos, por lo que su imagen se generalizó en ajuares y monumentos funerarios.
Erguida sobre un pedestal cuadrangular, la sirena es un ser híbrido: provista de patas, alas desplegadas y cola de ave, pero su rostro, sus brazos y su torso -de amplios senos-, son femeninos. Luce una túnica que cubre parcialmente su cuerpo, anudada en su hombro derecho, dejando visible un seno, indumentaria que encubre parte de su naturaleza aviforme. Tiene el cabello largo, ondulado, que cae sobre los hombros y queda recogido en la parte superior. Lleva su mano derecha a la cabeza, en claro gesto de lamentación (1) y con la izquierda sostiene una cítara de caja cuadrada, cuya morfología, muy estilizada, corresponde a los últimos años del siglo IV a.C.
Además del característico gesto de lamento, las facciones de su rostro (con los ojos muy hundidos en las cuencas) expresan un profundo sentimiento de “pathos”, expresión intensa para mostrar el dolor ante la muerte.
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(1) Este gesto de lamentación fúnebre se conoce en el mundo griego desde la segunda mitad del siglo VIII a.C., momento en que se representaron las primeras escenas de prothesis (exposición del cadáver) en la pintura de los vasos griegos hallados en el cementerio ateniense del Dipylon.