Fuentes primarias:
Ovidio, Metamorfosis, VIII, 547-884 (tema representado en el cuadro); Arquíloco, Fragmentos poéticos, 287; Píndaro, Fragmentos., 249; Sófocles, Traquinias., 1-30; Apolodoro, Biblioteca, II, 7, 5; Diodoro de Sicilia, Biblioteca histórica, IV, 35, 4; Ovidio, Metamorfosis, IX, 27-88; Pausanias, Descripción de Grecia, III, 18, 16 y VI, 19, 12 (sobre el dios-río Aqueloo y el mito que protagoniza).
Descripción:
Esta pintura al óleo, conservada en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York, representa un pasaje descrito por Ovidio en sus Metamorfosis (VIII, 547-884), en el que se describe cómo Teseo, junto a otros héroes griegos, tras haber dado caza al jabalí de Calidón y de vuelta a tierras atenienses se encuentran con el dios-río Aqueloo, que los acoge en su casa como huéspedes y los invita a comer. La razón de ello son los peligros de sus propias aguas, a las que la divinidad fluvial hace referencia en tercera persona, que suelen arrastrar troncos de árbol enteros y voltear con enorme estruendo los peñascos que les estorban; he visto cómo arrastraban, con sus rebaños, altos establos lindantes con ribera; de nada les sirvió allí a los bueyes su fortaleza o a los caballos su velocidad. También sumergió en su turbulenta corriente muchos cadáveres de jóvenes este río (Ovidio, Metamorfosis, VIII, 552-557. Trad. de José Carlos Fernández Corte y Josefa Cantó Llorca, 2012). Por tanto, ante sus advertencias y su ofrecimiento, Teseo y sus compañeros aceptan quedarse en la morada de Aqueloo.
Aqueloo era la divinidad de uno de los ríos más grandes de Grecia, que funcionaba a su vez como frontera entre las regiones de Etolia y Arcarnania, y desembocaba en el golfo de Corinto. Además, en la Antigüedad Clásica, tuvo un importante papel en relación con los trabajos de Heracles, pues se disputó con él por el amor de la princesa de Calidón, Deyanira. Fruto de esa disputa fue la pérdida de uno de sus cuernos, ya que la divinidad poseía la capacidad de transformarse en toro, hombre-toro o en serpiente. Este cuerno, según una versión de la Mitología griega, sería el futuro Cuerno de la Abundancia, o Cornucopia, atributo por excelencia de los dioses de la fertilidad en el arte, como puede ser la diosa tierra romana Tellus o los propios Dioses-río.
Por otra parte, la iconografía del dios Aqueloo fue diversa a lo largo de la Historia del arte. En la Antigüedad Clásica, especialmente en época arcaica y clásica griegas, se presenta como un ser híbrido en forma de toro y humano, lo que se conoce como toro androsopos, es decir, con cuerpo de toro y cabeza de hombre barbado. No obstante, por influencia de la iconografía del resto de divinidades fluviales, a partir de época helenística y en época romana se representó en el arte con un aspecto totalmente antropomorfo, pero conservando su cornamenta taurina, como reflejo de su primigenio aspecto híbrido y de su propia historia mítica en relación con Heracles. Durante la Edad Media apenas lo veremos representado, e incluso la apariencia híbrida antigua se invierte en ocasiones, mostrándose como un hombre con cabeza de toro. No será hasta el arte del Renacimiento y Barroco cuando lo veamos de aspecto totalmente realista, nunca híbrido, bien en forma de toro cuando se represente su lucha contra Heracles, bien con aspecto humano en otras ocasiones, como sucede en la pintura de Rubens y Jan Brueghel el Viejo.
En esta obra, de composición compleja -propia del arte barroco-, se puede vislumbrar una serie de personajes que aparecen situados en un ambiente natural rocoso. En el centro, se aprecia una figura masculina barbada y de aspecto maduro, que se sienta frente a una mesa llena de ricas viandas, y aparece semidesnudo, ataviado únicamente con un manto color azul y con una corona de hojas lacustres que decora sus cabellos, atributo que nos permite identificar al dios-río Aqueloo, pues dicho tocado fue propio de las divinidades fluviales en el arte ya desde antiguo. Eleva su brazo izquierdo hacia la derecha de la composición, a la vez que se dirige a los demás comensales, en ademán de relatar un hecho a los presentes relativo a lo que señala. En torno a este, aparecen otras figuras masculinas de aspecto rudo y fuerte, algunas canosas, y semidesnudas, recurso expresivo que permitió al pintor Rubens hacer gala de su habilidad técnica a la hora de representar la anatomía humana masculina, pues estas adoptan diferentes posturas ante la mesa, atentos al relato de Aqueloo. Es posible, que el personaje de cabellos rubios que gira su cabeza hacia el dios-río y cuyo cuerpo se ha representado de frente, semidesnudo con un manto rojo, pueda ser el propio Teseo, uno de los protagonistas del pasaje, pues era uno de los dirigentes del viaje entre el resto de héroes, como evidencia su posición céntrica en la composición y una serie de armas -entre las que se aprecia una espada, un arco y un escudo, entre otras- que se encuentran a sus pies.
Tanto a la izquierda como a la derecha del conjunto de comensales, aparecen una serie de figuras -tanto masculinas como femeninas- que se disponen a servir a los huéspedes de Aqueloo, y que se hallan en un ambiente acuoso, propio de las divinidades acuáticas. En el extremo derecho de la composición, dos muchachos jóvenes imberbes sirven agua en lujosas jarras de plata, y tras ellos se aprecia cómo la gruta se abre entre una frondosa vegetación lacustre hacia un paisaje marino. Por otro lado, en el extremo izquierdo aparece un hombre barbado que está sumergido en las aguas y que porta un gran cangrejo, es posible que se trate de un compañero de Aqueloo, otro dios-río, o bien otra divinidad de naturaleza acuática. A su lado una mujer de rubia cabellera emerge de las aguas llevando en sus brazos una amplia concha que utiliza como bandeja para el banquete, la cual contiene frescos pescados y otros alimentos marinos para ser degustados por los comensales.
Finalmente, a su izquierda, dos mujeres portan un cuerno repleto de frutos, identificada con la Cornucopia, símbolo por excelencia del dios-río, y que en la obra, Rubens y Brueghel han decidido incluir entre las viandas ofrecidas a los héroes griegos. Dichos artistas no fueron los primeros en representar la Cornucopia con este carácter protagonista, lo que hace de este cuadro un verdadero canto a la fertilidad, sino que ya alrededor de 1606, Hendrik de Clerck la pintó llevándola por una de las Ninfas hacia el banquete, en una obra del mismo tema que se conserva en el Museo del Prado. Existe además, otra composición más tardía de Jan Steen que presenta el mismo asunto -aunque con una composición menos compleja-, donde el artista ha decidido pintar la Cornucopia en el primer plano de la pintura.
Sin duda, esta obra en cuestión se basa en la descripción que escribió Ovidio de la morada de Aqueloo en sus Metamorfosis, la cual vemos ricamente decorada con conchas marinas y una realista decoración vegetal como demuestra la pericia de Jan Brueghel el Viejo, quien se encargó de pintar el paisaje y del resto de detalles en la obra, en contraposición a la tarea encomendada a Rubens, de la realización de las figuras:
"Entró en el atrio hecho de porosa piedra pómez y de toba sin pulir; la tierra estaba húmeda, con suave musgo, y en el techo un artesonado alternaba las conchas y el múrice. Y ya había recorrido Hiperión dos tercios de día cuando se tumbaron en los lechos Teseo y sus compañeros de fatigas; de este lado el Ixiónida, de aquel el héroe trezenio, Lélex, con las sienes ya salpicadas de unas pocas canas, y otros varios a los que el río de Acarnania, contentísimo con gran importante huésped, había considerado dignos de igual consideración. Inmediatamente, unas ninfas de pies descalzos dispusieron las mesas y las cubrieron de vianda, y una vez retirados los platos, sirvieron vino en copas de pedrería". (Ovidio, Metamorfosis, VIII, 562-575. Trad. de José Carlos Fernández Corte y Josefa Cantó Llorca, 2012).
Finalmente, leyendo precisamente la continuidad del pasaje ovidiano, conocemos la historia que Aqueloo se dispone a relatar (Ovidio, Metamorfosis, VIII, 576-588), referente a la doncella Perimele, que fue metamorfoseada en isla y que se veía desde la bella morada de Aqueloo junto al resto de las islas Equínadas, que una vez habrían sido sus otras hermanas las Náyades. Este tema, sin embargo, no tuvo tanta repercusión en las artes, y solo se conservan algunos grabados de Época Moderna, como el del artista Antonio Tempesta, fechado en torno al 1606 y conservado en el Museo Británico, donde vemos nuevamente al río Aqueloo en forma humana con la iconografía propia de las divinidades fluviales desde época helenística.