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Objeto Digital 1057
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Identificador:
 1057
Nombre:
Circe
Héroes y Heroínas
Heroínas:
 
Circe
Nombre:
 
Circe
Tema:
 
Circe castiga a Glauco transformando a Escila en un monstruo.
Atributos iconográficos:
 
varita mágica, copa, bestias.
Autor:
 
Eglon van der Neer.
Escuela:
 
Holandesa.
Período/Cronología:
 
1695.
Soporte y técnica:
 
Óleo sobre lienzo.
Dimensiones:
 
64 cm x 53,3 cm.
Localización (Institución, Colección):
 
Museo Nacional de Ámsterdam (Rijksmuseum) (inv. SK-A-4874).
Fuentes primarias:
 
Higino, Fábulas, 199; Ovidio, Metamorfosis, XIV, 1-74.
Descripción:
 
Se trata de uno de los cuadros de temática mitológica pintado por el holandés Eglon van der Neer (1635-1703), artista especializado en escenas históricas, retratos y que destacó también en la pintura paisajística. De pequeño formato -como es frecuente en la escuela holandesa- plasma la historia del amor de Glauco y Escila, cuyo relato más difundido fue el de Ovidio (Metamorfosis, XIV, 1-74).

Narra el mito, que de una bella ninfa del mar llamada Escila se enamoró el dios marino Glauco. Sin embargo, debido al monstruoso aspecto de este (se dice que tenía cola de pez) la ninfa no le correspondía, por lo que decide recurrir a los hechizos de la poderosa diosa Circe, quien utilizando el poder de las hierbas y recitando ciertos encantamientos haría que la doncella quedase prendada de él. No obstante, para su sorpresa, fue la propia Circe la que se acabó enamorando de Glauco, quien no dudó en rechazarla, no consintiendo en amar a otra que no fuera su querida Escila. De este modo, dolida y presa de los celos, la hechicera decide atentar contra su rival y utiliza sus conocimientos de herbología para crear una pócima venenosa que hiciera transformar el bello aspecto de la ninfa Escila en un monstruoso ser con torso de humana, cola de pez y perros en sus piernas.

El cuadro de Van der Neer sitúa la escena en el instante en el que Circe acaba de transformar a la ninfa Escila, quien se presenta como una horrenda anciana monstruosa; es por ello que la obra lleva por título Circe castiga a Glauco convirtiendo a Escila en un monstruo. Dicho momento lo relata Ovidio en sus Metamorfosis, quien remarca la crueldad de la diosa, que no duda en emplear su fuerza y poderes mágicos para salirse con la suya:

Había una pequeña bahía donde Escila descansaba gratamente y se protegía del calor, cuando el sol ardiente estaba a mitad de su camino y proyectaba sombras mínimas. La diosa la inficiona y mancha con venenos portentosos; exprime allí jugos de raíces dañosas, y con su boca de maga pronuncia veintisiete veces un conjuro desconocido.
Llega Escila y se mete en el agua hasta la mitad de su vientre; mira entonces que sus ingles se afean con perros monstruosos y, no creyendo que sean parte suya, teme sus hocicos y trata de ahuyentarlos. Pero los monstruos se mueven junto con ella. Al buscarse los muslos, las piernas y los pies, Escila encuentra fauces cerbéreas, y se levanta sobre ellas de cintura arriba y detiene sujetos por su vientre los cuerpos de las fieras.
Llora el amante Glauco, y huye la unión con la diosa que usó de manera cruel los poderes de las hierbas
” (Ovidio, Metamorfosis, XIV, 41-69. Trad. de Ana Pérez Vega, 1983).

La maldad de Circe, de la que hace gala Ovidio, es expresada en la obra de Van der Neer mediante el retorcido rostro de indiferencia de la hechicera, cuyo cuerpo en cambio adopta una postura un tanto teatral, pues eleva con fuerza su brazo izquierdo, con el que sostiene una varita a modo de antorcha de la que caen gotas de veneno a una pátera sujeta con su mano derecha, donde se vuelve a prender la llama y de la que cae el líquido maligno al agua en la que se encuentran Glauco y Escila. En este caso, el artista holandés ha querido utilizar el fuego -elemento de evidentes connotaciones sagradas- como un recurso expresivo que dota dramatismo y movimiento a la composición. Dicho dinamismo es reforzado a su vez por la propia pose de Circe y su velo azulado (alusión a las Metamorfosis de Ovidio, quien habla de los “velos cerúleos” de Circe en XIV, 3), que se mueve por el viento por la brisa característica del ambiente marino. El artista, además, ha querido plasmar a la diosa con cierta belleza despiadada, enjoyada y ataviada con unos paños claros transparentes que dejan sus pechos de tez clara al descubierto. En contraste cromático, ella se sitúa en un paisaje rocoso sombrío en el que se vislumbra cierta vegetación y dos monstruos que la acompañan.

A la izquierda de la escena, se han representado a las dos víctimas de la hechicera, que expresan su infelicidad mediante el gesto de sorpresa de Glauco (en un segundo plano) y el de rabia de Escila, que convertida en una horrible bestia, se mesa sus cabellos convertidos en serpientes -acaso como una contaminación iconográfica con la gorgona Medusa introducida en la pintura-.

El tema de Glauco y Escila apenas fue representado en el arte antiguo (únicamente conocemos un boceto de una pintura perdida de la Villa Adriana en Tívoli y una descripción de un cuadro de Filóstrato), pero a partir de finales de la Edad Media y en concreto en los inicios del Renacimiento con la iluminación de códices el tema se recupera en el arte. De hecho, del momento del castigo -no tan frecuente- se aprecia especialmente en el grabado europeo de la Edad Moderna, como sucede en la obra de Antonio Tempesta o en el grabado de Joseph Werner, evidente paralelo iconográfico de la obra de Van der Neer.
Autor de la ficha:
 
Andrea Gómez Mayordomo.
Objeto Digital 1057
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