“
Se indigna la diosa, y dado que no puede ni quiere dañar al que ama, se encoleriza contra aquella que él ha preferido. Rechazada y ofendida, muele hierbas de jugos infames y las mezcla con los conjuros de Hécate; se cubre de velos cerúleos y va desde su palacio, pasando entre las fieras que la halagan, hacia Regio que se halla frente a las rocas de Zancle.
Camina luego, sin mojarse los pies, sobre el mar impetuoso.
Había una pequeña bahía donde Escila descansaba gratamente y se protegía del calor, cuando el sol ardiente estaba a mitad de su camino y proyectaba sombras mínimas. La diosa la inficiona y mancha con venenos portentosos; exprime allí jugos de raíces dañosas, y con su boca de maga pronuncia veintisiete veces un conjuro desconocido” (Ovidio,
Metamorfosis, XIV, 40-58. Trad. de Ana Pérez Vega, 1983).
Con estas palabras nos describe Ovidio a la diosa Circe en el relato del mito de Glauco y Escila. Circe, diosa poderosa hija del Sol, fue célebre en la Antigüedad por sus grandes dotes de hechicera y conocedora de todo tipo de hierbas malignas, que le hacían posible conseguir cualquier clase de oscuras intenciones. Si bien, su papel en la
Odisea (X, 135 – 575) no es tan perverso como la describe Ovidio, e incluso termina por ayudar al héroe de Ítaca, es evidente la influencia posterior que tuvo en el imaginario colectivo occidental como
femme fatale a través de la literatura antigua y de otras obras posteriores como la de Bocaccio (
De mulieribus claris, XXXVI), quien describe a la diosa como “mujer maldita” o “la envenenadora que hacía perder la cordura a los marineros”.
La imagen de Circe, al igual que la de Medea, contribuyó al cliché de la mujer astuta, muy culta, que dominaba el poder de las hierbas (con fines no siempre bondadosos) y que se ha ido atribuido también a personajes femeninos históricos como Cleopatra VII o la esclava romana Locusta, contratada por Agripina debido a sus grandes conocimientos en venenos.
En la Historia del Arte, sin embargo, la imagen malvada de Circe se vislumbra de manera explícita solo a partir de la Edad Moderna, y especialmente en la pintura del siglo XIX. El pintor prerrafaelita Waterhouse la pintó en dos ocasiones encarnando por excelencia dicho arquetipo de mujer poderosa a la vez que malvada. La más temprana de las obras muestra a la hechicera entronizada en su palacio, mientras le ofrece con imponente mirada la copa envenenada a Odiseo (1891); en cambio, un año más tarde la pinta protagonizando el mito de Glauco y Escila, a quien envenena fruto de sus celos por Glauco.
Circe Invidiosa es el título que lleva el cuadro, sin duda haciendo gala de la mirada perversa de Circe. La diosa, ha sido representada como una bella joven sobre un paisaje marino, acaso dentro de una gruta, y portando un recipiente del que cae ese jugo venenoso del que nos habla Ovidio, en forma de chorro hacia un monstruo marino serpentiforme que se vislumbra entre las aguas. Esta especie de bestia serpentiforme acompaña a Circe en otras representaciones a partir del Renacimiento, y podría simbolizar una clara alusión al poder venenoso propio de las serpientes (para más ejemplos de ello, véanse estas dos obras del Museo del Louvre:
https://collections.louvre.fr/en/ark:/53355/cl010109234;
https://collections.louvre.fr/en/ark:/53355/cl020519493).
La representación de Circe en la obra de Waterhouse es fiel al relato de Ovidio en tanto en cuanto la diosa aparece “caminando sobre el agua sin mojarse los pies” y aparece ataviada con un vestido “color cerúleo”. Pero, sin duda, es la mirada perdida de la diosa loca de celos lo que hace célebre a la obra pictórica del pintor inglés.
A Circe se le atribuyen varias historias amorosas en la Mitología además de la protagonizada con Odiseo, en las cuales la mujer a pesar de sus encantos nunca tuvo suerte. De todas ellas -salvo la que la relaciona con Odiseo- no se conservan testimonios artísticos en los que figure Circe hasta el Renacimiento, aunque parece ser que sí hubo representaciones pictóricas de Glauco junto a Escila que no se han conservado (conocemos un boceto de una pintura desconocida en la Villa Adriana en Tívoli y una descripción de un cuadro que representaba el mismo tema de Filóstrato). No obstante, a pesar de que el mito de Glauco y Escila se represente a menudo en el arte de la Edad Moderna en adelante, esta es de las pocas obras que lo hacen donde únicamente aparece la hechicera. Cuenta el mito que, Glauco -dios marino que había sido un antiguo marinero- se enamoró perdidamente de una ninfa del mar llamada Escila. Al no ser correspondido, y conocedor del poder de las hierbas, decidió recurrir a la magia de la diosa Circe para hacer que Escila se enamorase de él. Sin embargo, para su desgracia, fue la propia Circe la que quedó prendada del dios, y tal y como el poeta latino Ovidio relata, esta, que no quería hacer daño a su amado, atacó a su rival, envenenando las aguas donde se sumergiría y transformándola en la famosa bestia marina con torso de mujer, cola de pez y seis perros que partían de su cintura en lugar de las piernas. De este modo, el dios marino no la amaría y a la desgracia de Circe se sumaría la de Glauco y la de la propia Escila.