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Objeto Digital 1009
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Identificador:
 1009
Nombre:
Eros
Dioses
Dioses Primigenios y Titanes:
 
Eros
Nombre:
 
Eros
Tema:
 
Eros y Afrodita inspiran de nuevo el amor de Menelao por Helena
Atributos iconográficos:
 
Alas, extrema juventud, desnudez, tamaño pequeño, compañía de Afrodita, contexto
amoroso
Autor:
 
Conectado con el Pintor de Heimarmene
Escuela:
 
Ática
Período/Cronología:
 
430-420 a. C.
Soporte y técnica:
 
Cerámica pintada: enócoe de figuras rojas
Dimensiones:
 
18.5 cm alto
Localización (Institución, Colección):
 
Vaticano, Museo Gregoriano Etrusco 16535 (H 525)
Descripción:
 
Enócoe ático de figuras rojas procedente de Vulci, donde vemos a Helena perseguida por Menelao (con sus nombres inscritos). Entre ellos se encuentran Afrodita y Eros. Afrodita y Eros miran hacia Menelao. Parece que Afrodita le mira fijamente, a distancia, casi como embrujándole, mientras que Eros, revoloteando, corre hacia él y le lleva un collar (probablemente como regalo para Helena), o puede que se trate de una corona, símbolo del triunfo del amor, atributo frecuente de Eros.
Eros tiene alas y está desnudo, como es característica casi obligada. Presenta en esta ocasión un tamaño diminuto, al modo de un ave; pero su figura corresponde más a la de un adolescente que a la de un niño pequeño. Tal imagen de Eros –diminuto y revoloteador como un pájaro- es frecuente. En cuanto a Afrodita, muy bella como siempre, esbelta, lleva un quitón de manga larga transparente y pegado al cuerpo y un himátion, que se ciñe con abundantes pliegues. Cabello recogido con diadema y quizás corona. Esta vez apenas se adorna con joyas ni
ornamentos en su atavío, pero en la sencillez aún destaca más su elegancia.
Respecto a los “amantes” de la escena, el hombre, Menelao, a la izquierda, está desnudo, pero le cuelga un manto bordado (probablemente en señal de su dignidad de rey) y lleva las armas de guerrero: casco con cimera, escudo y espada. Es acorde el armamento a su actitud, pues corre presuroso tras Helena; pero no con pretensiones sexuales, como es lo habitual en este tipo de escenas de persecución de un hombre a una mujer, sino con intención de matarla. Por su parte, Helena, la mujer perseguida, también va corriendo para refugiarse ante la estatua de la diosa Atenea (el Paladio), que se halla en un pedestal a la derecha. Su gesto de brazos abiertos y levantados desde el codo denotan su miedo, y también su mirada hacia Menelao, con la cabeza ligeramente inclinada, mientras huye hacia el otro lado. Su hermoso y ondulado cabello, despeinado, con el tocado deshecho y caído por un lado, asimismo evidencia su agitación y apresuramiento. Bellísima, también ella como siempre, viste un peplo –que parece transparente-, prenda característica de Esparta (la patria de Helena), en oposición a Afrodita, que viste un quitón, más propio oriental. En su huida precipitada, a Helena se le abre el peplo y deja ver desnudo su costado. Menelao, enamorado de nuevo al ver los encantos de Helena, deja caer la espada. De modo que Afrodita y Eros personifican la emoción de Menelao ante la presencia turbadora de Helena.
La conclusión: el amor y la belleza rinden a los más fieros; el amor vence a la guerra (guerra que a su vez fue motivada por el amor).
Observamos una cierta simetría axial, pero contrapuesta a la vez con una fuerte asimetría y oposición, y que es rota en todo caso por nuestro personaje, el pequeño Eros: en los extremos, los dos guerreros (armados ambos igualmente con casco, escudo que embrazan y arma ofensiva), los penachos de cuyos cascos se corresponden y culminan el espacio de la escena. Pero a la izquierda es un hombre, un mortal, real, va corriendo, está desnudo y deja caer su espada; mientras que a la derecha es un personaje femenino, una diosa, figurada (una estatua sobre pedestal), erguida inmóvil, está vestida y blande firmemente su lanza. En el centro, en antítesis, hay dos mujeres de gran hermosura, sensualmente vestidas, con trajes de tejido transparente o muy fino que deja percibir sus senos, bien marcados por el pintor. Pero la una (la de la izquierda) es una diosa, inmóvil, serena, que mira al hombre de frente, dominante; mientras que la otra, una mortal, corriendo, agitada, le mira de soslayo y con miedo. En consonancia, el peinado de la diosa está intacto, y el de la mujer, muy semejante en origen, ahora está en desorden. La diosa, con quitón de manga larga, se envuelve toda en el himátion, pero la mujer, con peplo dórico, que deja brazos y hombros al descubierto, sin manto, muestra al desnudo también todo un costado.
La pintura representa una de las escenas de la Ilioupersis o toma de Troya: una vez traspasados los muros de Troya y conquistada la ciudad, los griegos vencedores matan a la mayoría de los hombres (al rey Príamo entre otros) y cogen cautivas a las mujeres, a las que se reparten como botín de guerra. Una de ellas es la propia Helena, a la que -ya muerto Paris- recobra Menelao. Su primera intención es matarla (como se indica en Troyanas de Eurípides, en el episodio tercero, vv. 860-1059), pero se la lleva con él de nuevo a Esparta. Allí es presentada en Odisea de Homero, en cantos 4 y 15, viviendo plácidamente junto a Menelao como su esposa y reina de Esparta.
Son muy numerosas las imágenes en que Menelao –caracterizado de guerrero- captura a Helena y la amenaza con la espada. De entre éstas, abundan las de figuras negras, con un esquema semejante: Menelao, entre otros guerreros, con gesto terrible, dirige su espada y casi toca con ella a Helena, que se cubre con el manto. Como ejemplo, un ánfora ática de figuras negras del tercer cuarto s. VI a. C. (Vaticano, Museo Gregoriano Etrusco 16589 [Alb. 350]). Otras muestran ya la siguiente fase, como la de nuestro enócoe: al esposo burlado rendido de nuevo por el amor ante la belleza de la mujer, y dejando caer la espada. Así, en una cratera en campana ática de figuras rojas de ca. 440-430 a. C. (Toledo (Ohio), Toledo Museum of Art 67.154), con imagen muy semejante, Menelao corre tras Helena, a la que en su huida se le abre el peplo y deja ver su costado desnudo. Pero en esta representación faltan los dioses del amor. Más paralelismo hay, por tanto, en las que la presencia de Eros y Afrodita simboliza la pasión renacida de Menelao, como en la cratera en campana ática de figuras rojas de ca. 450-440 a.
C. (Paris, M. Louvre G 424). En paralelismo y contraste a un tiempo se halla alguna imagen en que la presencia divina simboliza el primer encuentro –muchos años antes- de Helena y Menelao, como en el alabastrón apulio de figuras rojas de ca. 370-50 a. C. (Boston, Museum of Fine Arts 00.360): la bella Helena es contemplada por Menelao, al que corona Eros. A su vez estas son análogas y contrapuestas a las del primer encuentro de Helena y Paris, en las que también resulta manifiesta en la iconografía la influencia de los dioses Afrodita y Eros respecto a su amor mutuo.
Por último, en lo que respecta a la acción de Helena, huyendo a refugiarse en la estatua de la diosa Atenea, coincide con la de Casandra, otra cautiva troyana, hija de los reyes. A esta la persigue otro guerrero griego, Ayante (o Áyax), hijo de Oileo, que terminará por violarla, sin respetar siquiera a la diosa virgen. La iconografía de este episodio es abundantísima, y suele seguir un mismo esquema. La diferencia principal con nuestra escena radica en que la doncella aparece desnuda, ya abrazada a la estatua y arrastrada brutalmente por el guerrero. Por ejemplo, en la hidria ática de figuras rojas llamada “Hidria Vivencio” del pintor de Cleofrades (Ca. 490-480 a. C. Nápoles, Museo Nazionale 2422) o en el ánfora ática de figuras rojas de ca. 450 a. C. (Nueva York, Metropolitan Museum of Art).
Autor de la ficha:
 
Alicia Esteban Santos
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